Decía el escritor José María Izquierdo que “toda ciudad, sobre todo la ciudad que aspira a ejercer su capitalidad y a ser corte de una realeza debe tener una altura, una montaña, una torre para mirar al cielo, y a la tierra desde las cumbres, y verse en su unidad, y sentirse aérea, y rezar; un espejo, un lago, un río, un mar… para mirarse a sí, fuera de sí, en una apariencia fugaz y profunda, y verse diversa, y sentirse fluida y reflexionar; y un quid divinum, un no sé qué, que sea como la flor de su vida, y le haga ser lo que es, y saberse cómo es”.

ALTURA. Madrid está construida, como la ciudad eterna, Roma, sobre siete colinas. Coronadas por edificios emblemáticos, estas colinas se elevan sobre la ciudad como gigantes cuya misión es la de vigilarla.

En San Andrés, dónde los fines de semana de primavera los madrileños pelean por una mesa para tomar unas cervezas bajo el sol que aún no quema. Antiguo enclave de mezquitas y moros y lugar frecuentado por San Isidro.

En San Cayetano, entre Lavapiés y el Rastro donde el Madrid más castizo se pierde entre desordenadas callejuelas.

En el Palacio Real desde donde monarcas y cortesanos urdían el futuro de un imperio a vista de pájaro sobre sus dominios.

En las Vistillas. Donde el hombre se peleó con la naturaleza para salvar el desnivel más profundo de la ciudad construyendo un viaducto.

En San Sebastián, dónde se ubica la antigua judería madrileña. Colina que desde Atocha muere en la Iglesia del mismo nombre, en un barrio de empinadas cuestas.

En San Ildefonso, dónde los modernos escalan la cuesta de la corredera alta de San Pablo para llegar su plaza más emblemática.

En Santa Barbara, en la calle San Bernardo.

Madrid tiene como fondo las montañas de la sierra del Guadarrama que se intuyen entre los rascacielos de la ciudad y en las que parece que solo reparamos cuando aparecen cubiertas por los mantos blancos de las nieves de los fríos inviernos. Que se le digan al dueño de un imperio, Felipe II, quien desde su silla en El Escorial solo tenía que mirar al horizonte de la sierra madrileña para recordar que en sus tierras no se ponía el sol.

Y a falta de torres creamos campanarios y cuando el hombre dejó de cultivar su espíritu, creamos rascacielos para cultivar cuentas bancarias. Rascacielos para sentir que dominábamos el ansiado cielo de Madrid en una eterna luchar por el espacio.

UN ESPEJO.

Manzanares, Manzanares, arroyo aprendiz de río…” dijo de él Quevedo sin saber comprender que, al Manzanares lo que le pasa, es que es un río discreto, juicioso, sensato, prudente, callado. Tanto que ni los suicidas se sienten atraídos por él; como si arrojarse a sus aguas no fuera garantía de un paso épico a la otra vida. Es un río sensible, que no hace que el frío de los crudos inviernos madrileños se clave en los huesos como dagas, ni pudre la madera de las ventanas, ni oxida los corazones de los miles de hombres de hojalata que vagan por la ciudad.

Nadie va a hacerse fotos junto a él. Y es que las grandes avenidas lo anularon, que para río grande, la M-30, por la que a diario fluyen en un incesante ir y venir de “olas”  cientos de especies.  Y es que al Manzanares le creció una ciudad al lado que le eclipsó. Como dijo Julio Llamazares: “El Manzanares sólo ha cometido un pecado: que le creciera a su lado una gran ciudad”. Aun así, tenemos un trocito de espejo en el que mirarnos más allá del mar de cristales de los rascacielos.

QUID DIVINUM.

Madrid tiene ese no-sé-qué hecho de múltiples personalidades, de todos los orígenes, de todas las tierras representadas en los que vinieron buscando el sueño madrileño. Madrid tiene algo que no puede definirse; algo que deja sin palabras a quien la pisa por primera vez y algo que hace que todo el que viene quiera volver.

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