Para los que éramos niños en los 80, el primer síntoma de la llegada del verano y de la cercanía de la época de vacaciones era que en el colegio nos dejaban ir “de calle”. Cambiamos la áspera tela de los uniformes de invierno, las medias de lana y las camisas por ligeros vestidos, bermudas y sandalias. Eso sí, no iba a ser todo relajación y el babi siempre nos acompañaba hasta en los días en los que el sol “dolía” en la piel y cualquier tela extra se hacía pesada.

 

Los de mi generación no conocimos el aire acondicionado nada más que en El Corte Inglés donde entrabamos como si en plena calle Goya hubieran plantado un oasis y nada más cruzar la puerta suspirábamos de gusto por notar el golpe de aire fresco en la cara.

 

Las puertas y ventanas de casa abiertas para hacer corriente y noches en vela, sin poder dormir, pegados a las sábanas por el calor madrileño.

 

Mis veranos de la infancia transcurrían entre la playa y la sierra de Madrid. Los viajes eternos en busca del mar contando los toros de Osborne para saber que ya faltaba menos para llegar al destino (balón de Nivea en el maletero, por supuesto). Esos éxodos madrileños hacia la costa eran lo más parecido a salir de procesión en Semana Santa. Recuerdo que viajábamos de noche, porque así íbamos dormidos y no dábamos por saco a mi padre que se pegaba 8 horas al volante mínimo, y el calor era más soportable de noche que viajar con las ventanillas bajadas y llegar como si nos bajaremos del túnel del viento.

 

Veranos en Madrid

 

Los que hemos tenido suerte de tener “sierra” en Madrid hemos disfrutado de esa infancia despreocupada (y de veranos más frescos) en la urbanización en la que todo el mundo se conocía y que era como una burbuja de libertad de la que el resto del año, en la ciudad, no podíamos disfrutar.

 

Salías de casa a las 11.00 h de la mañana cuando alguien te venía a buscar y a gritos te llamaba para que salieras. Bicicleta y a tirar millas. Después de toda la mañana en remojo en la piscina vuelta a casa con la toalla en el cuello (no necesitabas más), comida y siesta. Antes de las 17.00 h no se salía de casa ya que había que hacer las horas de digestión que en aquél momento eran Ley.

 

Más horas de remojo, más camino en bicicleta y al caer la tarde alguna excursión por caminos inexplorados de la urbanización o merienda en casa de alguien para ver “V” el “Equipo A” o “Mc Gyver” (el poco rato que dedicábamos a la televisión y que era más a un acto social en el que corría el Cola-Cao batido con leche fría).

 

Las bicicletas en las que terminabas llevando a alguien en el trasportín que posiblemente no podía montar porque días antes se había desollado las heridas en una caída en la que corría el agua oxigenada a borbotones, mientras la abuela de quien le curaba soplaba (esas abuelas que debían estar deseando perdernos de vista después de cuidar de una panda de salvajes todo el verano). Bien de mercromina y a lucir heridas de guerra.

 

Casetas en los árboles, merendolas, cumpleaños de gusanitos y medias noches, las fiestas del club y ni un minuto para aburrirse. La vuelta a casa en septiembre donde todo parecía extraño después de haber estado 3 meses en “libertad” en el campo.

 

Los viernes era el gran día. El cine de verano llegaba a la urbanización y podíamos salir por la noche. Bocadillo, silla plegable, una chaqueta porque era la sierra y refrescaba y al cine a ver “Tiburón”, “Regreso al futuro” o “E.T.”.

Así transcurrían los veranos. Eternos, de 3 meses. Entre amigos, sin conciencia de  peligro, y con esa sensación de libertad y familiaridad que hoy se ha quedado como un privilegio. ¡Parece mentira como poco más 40 km cambiaba la vida!

Un comentario en “AQUELLOS VERANOS DE MADRID. “LIFESTYLE” DE LOS 80”

  1. Ay, qué recuerdos, Eva. Has descrito exactamente mis vacaciones de la infancia (quitando lo de la playa, que mi familia nunca fue muy playera). Pero la Sierra… ¡ay, la Sierra! Una de las cosas que recuerdo eran las fiestas en “la piscina pequeña”, que estaba vacía y la usábamos para patinar y hacer “merendolas”. Otras veces jugábamos a los médicos, y recuerdo ir a la tienda de chuches del pueblo (otra “Meca” para los niños de nuestra generación, aunque en este caso la peregrinación era diaria), a coger bolsas de plástico “extra” que luego llenábamos de agua con mercromina y hacíamos que eran las vísceras de algún “paciente”…
    También recuerdo los días eternos, cuando a las diez de la noche todavía era de día, y bajábamos con un bocadillo y jugábamos sin peligro por la urbanización al látigo o al rescate, y así llegaba la noche, y oíamos a los grillos, y nos sentíamos libres y poderosos porque estábamos “trasnochando”.
    Y hablando de grillos, ¿qué niño de los 80 no recuerda las famosísimas jaulas de plástico donde metíamos a esas pobres y, lo siento mucho, repugnantes criaturas?…
    En fin… que ya me ha entrado la nostalgia; pero gracias por ese pequeño bocadito de infancia :D
    Marta Fdez-Rebollos Herrero

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