1. SOLO 5 MINUTOS PARA EL PRÓXIMO TREN, ¡QUÉ BIEN FUNCIONA EL METRO!

 

8 minutos es la media de espera entre un tren y otro en el metro de Madrid. Porque todos sabemos que el luminoso que indica el tiempo de espera es como el coche del “Regreso al futuro”: avanza y retrocede en el tiempo a voluntad.

 

En 1 minuto despegan 58 aviones en todo el mundo, según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo.  En un minuto en el metro de Madrid no pasa ni el aire.

El próximo tren llegará en 20 minutos”: curso intensivo de tolerancia a la frustración. Aun así, que nadie nos quite la ilusión de decir que tenemos el mejor metro del mundo.

 

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2. ¡HE APARCADO EN LA PUERTA!

Momento en el que se hace el silencio, las caras reflejan el mismo estupor que cuando ves a Falete en bañador y, pasada la confusión inicial, comienzan las preguntas: ¿Te has comprado una moto? ¿Es carga y descarga? ¿Te has fijado que no sea un vado? ¿Era un sitio para minusválidos? ¿Un giro de autobús?

 

Dices que se te ha aparecido la virgen o que te han abducido los extraterrestres y las reacciones son más normales.

 

Dentro de ti queda una inquietud parecida a la de un futbolista antes de lanzar el penalti definitivo. La duda y la ansiedad te están matando. Solo puedes pensar en que cuando salgas la grúa se habrá llevado tu coche o tendrás una multa en el cristal que seguirán pagando tus herederos.

 

3. ¡YA LLEGA EL AUTOBÚS!

Suele tratarse de un espejismo producido por recalentamiento del asfalto. Cuando crees verlo a lo lejos suele poner “autobús fuera de servicio” o “cocheras”.  Pasado un buen rato habría que decir en todo caso: “ya llegan los autobuses”. Porque después de media hora esperando llegarán dos juntos; así es la EMT, que nos da opción a elegir.

 

¿Que tienes una aplicación que te dice el tiempo que falta para que llegue? Claro, que nunca pasa que pone próximo en 3 minutos y en la siguiente actualización pone +20 min. Momento en el que solo cabe la explicación de que ha caído un meteorito justo delante del autobús.

 

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4. ¡HOY PILLO SITIO EN EL BUS!

Estás en los primeros puestos de la línea de salida para saltar al autobús. Pero no seas iluso. En la cola todo el mundo guarda las formas pero al acecho como un ninja. Una vez que las puertas se abran verás cómo ancianas de 80 años que parecían desgastadas por la artrosis corren más rápido que tú y empujan con tal fuerza que pueden llegar a desplazarte el hígado. Estar el primero en la cola no te garantiza nada más que tener más opciones de ser pisoteado por una legión de octogenarios luchadores de sumo.

 

5. NO HACE FALTA RESERVAR MESA

Se está poniendo la cosa que incluso entrar en el bar de alicatado hasta el techo, con la grasa resbalando por las paredes y el filete de cinta de lomo flotando en aceite supone tener que hacer maniobras para jugar al Tetris humano.

 

¡No os quiero contar sobre los restaurantes de moda! Llamas para celebrar los 35 y cuando consigues mesa acabas celebrando la jubilación.

 

6. ¡QUÉ BONITO HA AMANECIDO EL SÁBADO. VAMOS A DAR UNA VUELTA POR EL CENTRO!

Cualquier madrileño/habitante de Madrid en su sano juicio no pisa la Puerta del Sol ni la Gran Vía y menos un sábado ni bajo amenaza de muerte. Cualquier madrileño/habitante de Madrid en sus cabales sabe que puede terminar siendo pisoteado por Peppa Pig o Bob Esponja, llevado por la marea de gente en dirección contraria a la que iba o en mitad de una sesión de evangelización de los “Testigos de la Virgen Santa de la Zarza”.

 

Están a los que les gusta vivir al límite y añade un “vamos en coche”.

¡Dale, valiente! Cuando llegues y consigas aparcar, a lo mejor, tienes que volver.

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7. UNA Y ME VOY A CASA

Con lo que nos cuesta llegar a los sitios, no sale rentable tomarse una e irse a casa. Esto es pura matemática. El tiempo de llegada es exponencial al tiempo de cañas/vinos/copas que consumiremos. Hay que amortizar el desplazamiento.

 

8. ¿UNA MANIFESTACIÓN? ¡QUÉ RARO!

Lo raro es no encontrarse con varias. Una carrera popular, una manifestación por las condiciones de los langostinos en las piscifactorías de Nepal, los afectados por la chicharra en verano… En Madrid tenemos un sentido gregario muy marcado, y cualquier cosa que implique juntarse para gritar o correr nos encanta.

 

9. ¡ME VOY A PARAR A HABLAR CON LOS CHICOS DE LAS ONG QUE INVADEN LAS ACERAS!

Sabes que no solo no lo harás sino que no mantendrás contacto visual, cogerás el móvil, fingirás una llamada y un desmayo, llegado el caso. Pero ellos están programados para conseguir que les dirijas la palabra y entonces empieza una titánica lucha por quitártelos de encima, porque saben encaramarse a tu hombro como un periquito. Son embaucadores, encantadores, educados y amables. Siempre tienen una sospechosa sonrisa que no se corresponde a los niveles de pasotismo de la gente ante el despliegue de sus encantos y defienden sus causas hasta prácticamente irse a hacer recados contigo si hace falta.

 

Si me parara a hablar con cada uno de ellos ahora mi sueldo estaría íntegramente destinado a causas benéficas de todo tipo y por todo el mundo.

 

10. SALIMOS DE VIAJE EL VIERNES DESPUÉS DEL TRABAJO

No veo la diferencia con atarse una viga de hormigón y tirarse al Manzanares. Salir de viaje un viernes a las 15.00 h, (momento en el que las oficinas de todo Madrid comienzan a escupir gente para repoblar un continente entero) es sumarle al tiempo en el coche 2 horas de bonus track solo para alcanzar una salida de Madrid.

 

11. ¡QUÉ BONITAS LAS PALOMAS!

Las palomas son bichos de los que hay que desconfiar. Están armados con unos poderosos esfínteres y son legión.  Están entrenadas con las mismas técnicas que los kamikaze japoneses. Se han adaptado a la vida en la ciudad y tienen la misma altivez que si pagaran sus impuestos. Ocupan la calle, las ventanas, los aires acondicionados, las terrazas… Es una guerra silenciosa por el espacio en las que libran la batalla a golpe de cagada.

 

12. ¡QUÉ RÁPIDO VA ESTA OBRA!

En Madrid sabemos cuándo empieza una obra, pero nunca cuándo termina. Hay andamios que han pasado a formar parte del paisaje urbano y que se pueden considerar patrimonio arquitectónico de la ciudad.

 

Aunque ya no somos ni la sombra de lo que fuimos con Gallardón. Esas zanjas que nos mantenían en forma, esa incertidumbre de no saber si la calle que ayer iba en un sentido hoy irá en otro, esos socavones del tamaño de plazas de toros que hacían que se nos aflojaran los implantes dentales al pasar con el coche…

 

Aun así, nos va la  marcha.

¡Seguro que hay muchas más que las decís cada día y que se me han escapado!

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