Ya las vemos por todos los escaparates de las pastelerías de Madrid. Y es que pasamos del turrón a la torrija, de la torrija a las rosquillas y así, encadenando dulce tras dulce, hay que tener genética de superhéroe para no estar como un obús en este país. Pero yo, como yonki del dulce vivo feliz en él y no seré quien me queje.

 

Desde el 1 de mayo ya tenemos el nuevo dulce de “temporada” en las pastelerías: las rosquillas del Santo (de nuestro madrileño más beato; San Isidro). Las famosas tontas, listas, de Santa Clara y francesas.

 

Para los no profanos en la materia os dejo un “manual de uso” de las rosquillas

 

Las tontas son las que no llevan nada por encima. Las tostaditas marrones que si te comes dos seguidas tienes que beberte las reservas del Canal de Isabel II para que bajen pero que aun así son tremendamente adictivas. Tienen ese toquecito de anís y esa pastosidad típica de los dulces de pueblo que las hace tan apetecibles.

 

Si hacemos un upgrade tenemos el resto de tipologías de rosquillas que son las tontas venidas a más:

 

Las listas van bañadas en una especie de fondant amarillo que consiste en la mezcla de sirope de azúcar, zumo de limón y huevo batido. De ahí ese regusto final a limón. Estas no son mis preferidas porque el fondant, en cantidades que superen la rosquilla unitaria, puede provocar comas diabéticos.

 

Las de Santa Clara, por hacer alguna regla nemotécnica para recordarlas son las que van bañadas en merengue seco blanco. Blanco=Claro=Clara=Santa Clara). Me pasa lo mismo que con las listas. Acabo quitando el fondant y sacando la tonta que llevan dentro.

 

Y las francesas llevan almendra triturada.  Estas me encantan. 

 

rosquillas-tontas-listas-san-isidro

 

Cuentan que los nombres vienen de que las tontas no tienen sabor (a mí casi que es la que más me gusta), las listas lo tienen y por eso son listas (gracias a la cobertura de limón), las de Santa Clara porque se empezaron a hacer el convento de la Visitación de Madrid cuyas monjas franciscanas son conocidas como Monjas de Santa Clara (cobertura blanca) y las Francesas que se le atribuyen a Bárbara de Braganza, mujer de Fernando VI, nacida en Portugal pero de gustos más tirando hacia el país galo, quien requería de un dulce más refinado. Así, el cocinero real le metió ese toque afrancesado que hizo que la rosquilla fuera digna de una reina.

 

Madrid es una fuente inagotable de dulces tradicionales y todo habitante de bien de esta ciudad tiene que probarlos. Así que tanto en la Pradera de San Isidro la semana que viene, como en cualquier pastelería (bueno, no en todas que una rosquilla de este tipo mala es como chupar el gotelé de las paredes) hay que hacerse con una de cada y probarlas todas (ahora las hay de fresa y colores “cuquis” pero yo apuesto por erigirme garante de las tradiciones y os animo a probar “las de toda la vida”).

 

¡A honrar al Santo comiendo rosquillas!

 

Un comentario en “DE TONTAS Y LISTAS Y ALGUNA SANTA. COMO LA VIDA MISMA, PERO EN ROSQUILLAS”

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