Oficialmente el invierno ha terminado ya hace un buen rato. Otra cosa es que los elementos se alíen para demostrarnos su fuerza y lo alarguen a su antojo.

Aunque podría estar cantando las bondades de Madrid en invierno durante horas, que no puedo ocultar que me encanta, el calendario manda y ya es primavera. Pero en vez de estar disfrutando de la explosión de luz y colores de esta estación estamos produciendo ciclogénesis explosivas por encima de nuestras posibilidades. 

A la lluvia siempre se le da la bienvenida, que nos deja respirar y nos asegura esa magia de abrir el grifo y que salga agua.  

Y es que en primavera, supuestamente, los escaparates se llenan de color, ropa ligera y todo es muy apetecible pero dentro de un probador con la calefacción a 40 grados porque hasta que podamos ponérnoslo (que suele ser un día en el que, de repente, cae el calor sin previo aviso) puede apolillarse o podemos recurrir a la socorrida capa sobre capa, que nos permite estrenarlo pero casi como si fuera ropa interior.

Y es que hay ciudades que se ponen guapas por primavera y a Madrid le pasa eso (del verano no hablaré nunca porque lo borraría del calendario y sería muy políticamente incorrecta en mis apreciaciones, me parece una estación en la que prima la ordinariez). Este año, además, al paso que vamos vamos a juntar el cocido con el gazpacho. 

Y es que, la primavera como la conocemos (no la que marca el calendario) en Madrid llega un día, de repente, sin avisar y se queda. Normalmente en una efímera demostración. Como si se tratara del trailer de una película que nunca se llega a estrenar. Sales una mañana a la calle y, de repente, los paseos del Retiro quedan ocultos tras las hojas de los árboles. Llega ese momento de sol en la cara, pero con un toque aun fresquito a la sombra. Parece que mejora el aspecto de la gente, que el toque de luz extra nos hace tener mejor cara.

Crecemos en primavera. Yo por lo menos. Dejo de ir encogida por el frío helador del invierno en Madrid.

La ciudad siempre me ha parecido más estresada en invierno. Las pocas horas de luz natural que dan paso a neones, led, luces de coches, etc. parece que aceleran el ritmo de la ciudad.  En primavera parece que vamos a un ritmo más relajado como si fuera el preludio de las vacaciones de verano que vemos cada vez más cerca.

Los planes de primavera en Madrid se multiplican igual que las horas de luz.

Abren nuevas terrazas y volvemos a las clásicas. Desde la cerveza en un bar de toda la vida hasta los nuevos sitios por descubrir de la temporada que comienza.

Correr por el Retiro sin sobrecarga de ropa ni con el atuendo de explorador de la Antártida.

Empiezan las temibles y terribles fotografías en las redes sociales de pies desnudos en la playa que el algoritmo de Google debería detectar y destruir. 

Las bicicletas dejan de ser una ampolla flash antiedad, que hace que cuando llegas al destino pides dos cafés, uno para tomártelo y otro para echártelo por encima y entrar rápido en calor.

Comienzan a verse a los ansiosos de los atuendos estivales (esos que se ponen tirantes y sandalias aunque siga haciendo frío para llevar calcetines y abrigo). 

Y lo mejor, la luz, las puestas de sol, los amaneceres y las charlas interminables en las terrazas. Caminar, caminar y caminar, porque también apetece.

De momento, seguimos con la primavera en el calendario y el frío en los huesos, pero esto es Madrid y así son las cosas. #yosobrevivialaprimaveraenmadrid. ¡De 4 grados a 24 en tiempo record, seguro!

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