No me gusta el verano. Ya lo he dicho, y confesar algo así es como salir del armario en un país en el que todo es alegría y jolgorio llegada esta estación. Acabo de pasar a la categoría de bicho raro nivel leyenda, lo sé.

 

Confesar que no te gusta el verano en un grupo es como decir que comes placenta de mono o que utilizas sanguijuelas para hacerte una limpieza facial. Te miran raro y entonces empieza la retahíla de bonanzas que tiene esta estación y que estas harto de escuchar un verano tras otro mientras solo piensas en huir al hemisferio sur hasta que pase esta estación y sus bonus track (o sea, el famoso y pegajoso veranillo de San Miguel).

 

No tengo ningún trauma infantil ni nada que haya hecho que quiera meterme debajo del edredón hasta que pase esta estación. Simplemente creo que padezco un síndrome de odio estacional al ver los daños colaterales que esta estación provoca y que enumero a continuación:

 

  1. Estilismos catastróficos. A menos tela más carne fuera que deja ver todas las miserias de la condición humana. Quien dijo la frase de “no somos nadie y en bañador menos” debería ganar un premio Nobel.

 

Hay auténticos estilismos imposibles. Parece que en verano todo vale. No voy a entrar al fondo de la cuestión porque sería tan políticamente incorrecta que posiblemente me censurarían. Pero hay prendas que no deberían fabricarse, que los patrones deberían destruirse, que cualquier evidencia de su existencia debería hacerse desaparecer. No podemos dejar esa herencia a los extraterrestres cuando el ser humano se extinga (que será un verano, seguro) y nos colonicen.

verano en Madrid

    1. Las Redes Sociales se vuelven insoportables. Se convierten en un bucle del espacio televisivo “El Tiempo”. Como si el resto de los mortales estuviéramos dentro de una burbuja de aire acondicionado matándonos a mojitos sin sufrir lo que pasa en el exterior. No hace falta que me informes del calor que hace, no soy de amianto y lo sufro.

 

  1. Comienzan los “piesfies”. Esas fotos de los pies en la playa, pies en la piscina… Abras a la hora que abras las redes sociales aparecerán unos pies recordándote que tu estas en la oficina y ellos de vacaciones. Todo tan idílico: no hay fotos de mosquitos tamaño albatros, pieles abrasadas por el sol, mudas de piel post pieles abrasadas por el sol, niños croqueta rebozados en la arena de la playa después de ponerles la crema de protección solar, la lucha por el espacio en las piscinas o las picaduras de medusa.
  1. Todo quema. Y quema mucho. Intentar sentarse en la marquesina del autobús con el metal del asiento a 90º garantiza una disolución de los nódulos grasos (liposucción por combustión) instantánea. El asfalto parece que en cualquier momento puede llegar a fundirse y a convertirse en alquitrán. Entrar en el coche y notar como sube el aire desde el mismísimo infierno; tener que esperar a que el volante baje de temperatura para empezar a conducir o arriesgarse a perder las huellas dactilares. O, si el coche es de un color oscuro, esperarse la autocombustión mientras conseguimos que salga una miserable gota de aire frio.
  1. La lucha por el Aire Condicionado. En verano quien gestiona el aire acondicionado es el Master, el dios, el amo, el gran jefe. Hay que echar siempre un forro polar al bolso porque normalmente en las oficinas caen chorros de aire procedentes del ártico por las rendijas del aire acondicionado. Cuando pides que lo bajen siempre hay dos posibles respuestas:
    1. No se pueden tocar los perimetrales. Momento en el que te quedas callado y no peleas porque suena a que el edificio puede explotar si se tocan. Entonces te subes la cremallera del forro polar y te pones los calcetines.
    2. No se puede bajar. O se quita o se pone, pero no se puede graduar. ¿Me estás diciendo que el hombre ha llegado a la luna, que puedo bajar las persianas de mi casa desde mi teléfono móvil, que hay una cosa que se llama Internet que hace que pueda hablar con un tipo en China en tiempo real y que no se puede graduar la temperatura del aire acondicionado?

Aquí tenéis un “monográfico” sobre el aire acondicionado.

  1. Operación asfalto. Madrid, 50 grados a la sombra y operación asfalto en marcha. Calles cortadas, otras dadas la vuelta (llegas por la calle de siempre y resulta que te la han cambiado de sentido), el alquitrán que se respira y crea una nube de chapapote en las fosas nasales y la sinfonía de las máquinas de la obra. ¡I-di-li-co!
  1. Terrazas. ¡Como molan! Qué bien estar al ¿fresquito? cuando cae la noche. Sobre todo cuando te tocan debajo de casa y tienes al señor del acordeón metido en tu salón en el mejor de los casos o en tu cama en el peor. Del tono de lo voz cuando nos venimos arriba con las copas, mejor ni hablamos.
  1. Piscinas de las urbanizaciones. No nos olvidemos que los niños dejan de tener colegio a principios de junio. Las piscinas están abiertas y el calor aprieta. Entre semana son llevaderas. El fin de semana solo piensas en quitar el tapón, que se vaya todo el agua y que cada uno se suba a su bañera mientras visitas webs de compra de casas en el campo. Pero en el campo, campo. Lo que viene siendo el típico campo menos poblado que marte. Sin vida humana a menos de 5 kilómetros a la redonda.
  1. Hacer deporte. Si en invierno ya cuesta echarse a la calle a correr o ir al gimnasio y pensar en salir de allí recién duchado, pisar la calle y que se llene el pelo de escarcha, en verano el solo hecho de plantearse salir a correr da fatiga. Si conseguimos vencer la pereza nada más pisar la calle, la bofetada de aire caliente que nos da en toda la cara nos recuerda que no merece la pena exponernos a ese riesgo innecesario pero por orgullo torero trotamos poniendo villancicos en la playlist que nos generen la ilusión de estar en pleno invierno.
  1. La televisión. ¿Hay algo peor que la programación de verano? Refritos de programas y reposiciones de series de hace décadas. Odio los anuncios de televisión del verano. Siempre es gente en la playa, idealerrima, bailando y levantando sus copas al sol. Solo soy muy fan del anuncio del abejonejo, mucho más fiel a la realidad.
  1. Las noches dando vueltas en la cama. Intentar dormir cuando la temperatura por la noche no baja de 25 grados es un imposible. Vueltas y vueltas y vueltas. Abrir puertas para hacer corriente y que no se mueva ni una mota de polvo.

Si ponemos el aire acondicionado al día siguiente tendremos la misma voz que Carmen de Mairena. Y si nos lo dejamos encendido toda la noche esperamos la factura de la luz del mes como quien espera una citación judicial; con mucho susto.

 

  1. La gente se dispersa. Odio esa sensación de descontrol sobre mi familia y mis amigos. Cada uno tiramos para un lado. Y me produce una tristeza estacional pasajera rara. Cuando estamos todos en Madrid, aunque no nos veamos estamos todos en Madrid sabiendo que en cualquier momento nos podemos ver. Pero en verano nos dispersamos por el mundo.

Solo parece que nos hemos librado de la canción del verano. Desde que Pitbull entró en escena vivimos en un bucle musical de eterno verano. Las viejas glorias como La Barbacoa, el Tractor Amarillo, los siniestros pajaritos bailando, la Macarena han sido barridos del mapa. Ahora hay canciones del verano todo el año.

 

Concluyendo y por si no quedaba claro; no me gusta el verano NADA.

¡Feliz verano!

 

2 comentarios en “EL ENGAÑO DEL VERANO. CÓMO NOS HAN HECHO CREER QUE ES LO MEJOR DEL AÑO”

  1. Estimada Eva, tu problema no es que te hayan hecho creer que el verano es lo mejor del año y no lo compartas. Tu problema es que pasas el verano en Madrid, sin contacto con la naturaleza que te daría una vida pausada, con los paseos por la campiña, a la vera de un río o por las montañas (como ves, no es necesario ir a la playa), y por supuesto, desconectándose durante semanas de las redes sociales, pues como bien dices, no va a pasar nada que supere tu propio contacto contigo mismo y la naturaleza.

    En parte es por lo que no contemplo vivir en Madrid, porque allí el “verano” como mucho son 15 días y además obligan al estrés de un viaje con todo lo que representa. Sin embargo en otros sitios son 3 ó 4 meses, porque no representan unas vacaciones, sino un estilo de vida.

    Suerte y espero que algún día tú también puedas descubrir que otros veranos son posibles.

    Un saludo.
    Álvaro

    1. Estimado Álvaro:

      Creo que es muy loable tu imaginación por haberte creado una imagen de mi forma de pasar el verano en tu cabeza sin que cuente cómo lo disfruto. 😉

      No me gusta el concepto verano ni como estación ni como estilo de vida, opinión totalmente personal y dentro del campo de lo subjetivo, por supuesto. Decir que no te gusta el verano en ninguna de sus manifestaciones suele venir seguido de caras raras y de, como digo en el post, de una lista de bondades de esta estación que para mi es tan simple como el debate de las coles de Bruselas: o te gustan o no.

      Si que estoy de acuerdo contigo en que parece que tenemos que salir de la ciudad por decreto con un viaje que, como bien dices, la mayor parte de la veces suma estrés.

      Eso si, tengo que decirte que esos 15 días que dices que tenemos de verano en Madrid a mi se me hacen como 3 larguísimos meses.

      Muchas gracias por leerme, por tu comentario y por tu deseo de que pueda descubrir que existen otros veranos. Aunque creo que, de momento, voy a ocuparme de seguir descubriendo nuevos otoños. 😉

      Un abrazo,

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