El hermano pequeño llegó con prisas y ya está a punto de irse. Llega el último y le toca heredar “la ropa” de los mayores. Apenas le da tiempo a forjar su propia personalidad porque se pasa su corta vida recordando lo que han hecho los que llegaron antes, pegándonos punzadas de culpabilidad haciéndonos ver que los buenos propósitos no son una carrera de velocidad sino de fondo y que el hombre es el único animal que tropieza todos los años con diciembre.

 

El mes del recuerdo, de los me arrepiento y de los “a partir de enero”. El mes que nos dibuja sonrisas con los buenos recuerdos, los reencuentros con amigos y la ilusión de que se acaba un año con la promesa siempre de que el que llega será mejor.

 

Madrid se disfraza de Navidad y el ritmo de la ciudad sube de revoluciones. Hordas de gente que caminan con prisa, con miedo a que la batería del teléfono se agote extenuada por los cientos de mensajes de felicitación y con el ansia de concentrar un año en tan solo 31 días. Comer, beber, comprar, salir, entrar y volvemos a empezar el ciclo.

 

Como una vez nos dijo una de las monjas de mi colegio: “no convirtáis la Navidad en Vanidad. Tiene las mismas letras”.

 

Y año tras año caemos en los excesos. Excesos de cenas, comidas, compras. Excesos de mensajes. Excesos que nos anestesian para aceptar que ya pasó un año más en el que no hemos escrito un libro, no hemos plantado un árbol, no hemos montado en globo…

 

Se encienden las luces y comienza la función. Madrid se convierte en el escenario de una frenética tragicomedia con la banda sonora de villancicos que hablan de nieve, paisajes de una lejana ciudad de Belén, campanas, ángeles y tamborileros.

 

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Un mes en el que nos sentamos en torno a innumerables mesas, soñamos con un décimo premiado de la lotería, nos felicitamos compulsivamente las fiestas y cerramos la puerta de casa al final de cada extenuante jornada disfrutando del silencio del hogar.

 

Diciembre nos devuelve a los amigos que se fueron a buscarse la vida fuera. Nos devuelve la ilusión de cuando éramos niños al pasar por un buzón en el que los más pequeños envían sus cartas a los Reyes Magos de Oriente. Nos regala la posibilidad de pensar en segundas posibilidades para estrenar con el año nuevo. Nos da punzadas en el corazón al recordar a los que ya no están. Nos saca del letargo y la rutina del resto del año, aunque solo sea porque la ciudad se viste de manera diferente durante estos días.

 

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Es el mes que nos pega en la cara para recordarnos que el tiempo vuela y que parece que era ayer cuando teníamos esos buenos propósitos, esa planificación, esos cambios que nos parecían tan urgentes.

 

Llevamos la mayor parte del mes vivido pero parece que no se empieza a saborear hasta que llegan las soñadas vacaciones. El día en el que desconectar el despertador, tener tiempo para la familia y los amigos, para la gente que realmente quieres tener tiempo, horas para leer y días para escribir, para dar un paseo o tener tiempo para perderlo.

 

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Es la mejor parte de diciembre.

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