Noviembre comenzó caluroso en Madrid, como si por unos días quisiera ser otra estación. Jugó a ser un verano que se apaga y se disfrazó de una suave primavera. Se vistió poco a poco con los colores del otoño haciéndonos pensar que nos lo habían robado.

 

El otoño en Madrid huele a comidas de sábado entre amigos: de esas de eternas sobremesa y botellas de vino que calientan el cuerpo y animan el espíritu. Huele a paseos por el Retiro retirando hojas con los pies, a atardeceres de cielos rosas y naranjas, a sentir el calor al entrar en los sitios y el aire frío que despeja en la calle.

 

A escapadas cortas de Madrid, de las de ida y vuelta en el día para regresar con la sensación de haber recargado las pilas.

 

Castilla es como ese amigo que vive al lado pero que al final nunca vemos. Esa tierra de la que fuimos parte, que ha dejado huella en nuestro carácter madrileño, pero que solo la conocemos de paso, cuando vamos buscando alguna de las costas para apagar el sofocante calor del verano de Madrid a golpe de ola en el mar.

 

Y es que Madrid fue Castilla. Castilla la Nueva, como si su vasta meseta se hubiera estrenado en aquél entonces, cuando nació de la Taifa de Toledo y se empezó a llamar “la Nueva”.

 

La Mancha, escenario de la Reconquista y del Quijote, tierra de casas de adobe, de ventas y hogares en torno a un brasero. De “senados” con sede en el bar del pueblo y de torres que hablan con la lengua del tañir de las campanas.  Tierra que vio como sus hijos partían a la gran ciudad, a ese Madrid lleno de promesas alejándoles de los yermos campos.

 

Calles y callejuelas desordenadas en torno a la iglesia, conventos dónde el silencio se hace ley y molinos de viento que dibujan el horizonte de la meseta. Una meseta hostil, de temperaturas extremas en las que se salía a tomar la fresca en los sofocantes veranos y se avivavan los braseros sin descanso en los crudos inviernos. Tierra donde al fuego del hogar se le llama lumbre. Un fuego en torno al que se tejían historias familiares y el cuerpo caía rendido tras extremas jornadas en los campos de labranza.

 

Tierra de viñedos y de sorprendetes vinos. Y es que en La Mancha podría abrirse el grifo y que saliera vino.

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Un paseo por sus ciudades más emblemáticas como Valdepeñas con sus antiguas casas señoriales, Campo de Criptana dónde los molinos de viento se convirtieron en gigantes, Tomelloso dónde visitar una bodega para disfrutar de un paseo entre viñedos y barricas y así entender como los vinos de la Tierra de La Mancha  nacen del esfuerzo del hombre, del clima y del suelo.

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Os recomiendo una visita a las Bodegas Verum, una bodega que llevan la impronta del carácter de una familia centenaria, dónde el vino se hace verdad. Pasar un día empapándose de cómo la tierra y el hombre aúnan esfuerzos para crear unos magníficos vinos y volver a sentir la conexión que en las ciudades hemos perdido con la tierra.

 

Terminar probando la cocina de sencillos platos (ajoarriero, pisto manchego, migas del pastor o sopas de ajo), los deliciosos quesos de oveja bien curados y los dulces de convento. Todo ello siempre con un buen vino de la tierra. Un Tinto Verum, con cuerpo, como es La Mancha. Con historia, como el roble de las barricas en las que se cría. Y con ese carácter castellano que según se conoce deja ver la autenticidad de sus habitantes.

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Castilla es tierra de molinos, de castillos, de conventos y monasterios, de naturaleza sorprendente en forma de hayedos, lagunas y volcanes que duermen en silencio.

 

Hay que visitar a ese amigo que tenemos tan cerca.

Benito Pérez Galdós, Bailén.

“La Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni suspenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno”

 

 

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