Si algo me gusta de la Navidad es saber que quienes en algún momento tuvieron que marcharse vuelven a casa y cómo, de repente, el tiempo retrocede a ese momento en el que nos quedamos. Pese al ritmo vertiginoso de la vida parece que es posible volver al instante en el que nos despedimos como si el tiempo se hubiera detenido esperando a volver a juntarnos para seguir escribiendo la historia. 

 

Es tiempo de aeropuertos y de estaciones. De eternas esperas en las salas consultando la pantalla de llegadas de manera compulsiva; como si a fuerza de concentrarnos en ella consiguiéramos hacer que el tiempo fuera más deprisa.

 

Es momento de sentir que el pulso se acelera cuando por fin el el vuelo o el tren cambia de estado y comienza a parpadear un “en tierra” o el número del andén en el que el tren ha efectuado su entrada.

 

Imagen de favim.com

Entonces cambia el foco de atención y se concentra en esas puertas que se abren y se cierran en un constante salir de personas que buscan con la mirada una cara conocida y dibujan la más sincera y enorme de las sonrisas cuando la localizan. Ese rostro ya les hace sentir en casa. Ya no pesan las horas de viaje, tampoco las maletas, ni los pellizcos de nostalgia en el corazón por estar lejos.

Cada vez que las puertas se abren suben las pulsaciones y, solo cuando aparece la persona que esperamos, pediríamos que el tiempo se detuviera para alargar esos segundos de extrema felicidad. El abrazo que se da en un aeropuerto o en una estación es la expresión de emoción más auténtica y sincera. Es la materialización física de horas de teléfono, de largas conversaciones de whatasapp, de cientos de mails y de semanas, meses de espera. Y de muchos “echarse de menos”.

Los aeropuertos y las estaciones de tren concentran tantas historias como personas lo pisan diariamente. Son microcosmos llenos de emociones. El paréntesis entre el confort de nuestras casas y el inicio de una nueva aventura. O el paréntesis entre la espera y el volver a abrazar a un ser querido.

 

Y si aun sigo creyendo en el espíritu de la Navidad es gracias a los que vuelven a casa y a cómo ese espíritu invade esas salas de espera dónde los sentimientos más puros están desprovistos de luces y adornos y dónde el abrazo es la única expresión que necesitamos para reconstruir nuestros mundos.

 

Quizás solo sean unos días o unas horas las que pasaremos juntos, pero bendito tiempo que nos deja grabadas esas sensaciones que nos darán fuerza para el resto del año.

 

Os dejo el inicio de la película “Love actually”. Resume perfectamente como me hace sentir un aeropuerto o una estación de tren.

 

Cuando la situación mundial me deprime, pienso en un aeropuerto. Dicen que vivimos en un momento de odio y egoísmo, pero yo no lo veo así. Yo creo que el amor nos rodea. Puede que no siempre sea algo digno de las noticias, pero siempre está. Entre padres e hijos, madre e hijos, hombres y mujeres, novios, novias, viejas amistades. Ninguna de las llamadas desde los aviones de las torres gemelas fue de odio o de venganza, fueron mensajes de amor. Si lo buscan, se darán cuenta, que el amor efectivamente nos rodea. ”

 

¡Feliz vuelta a todos los que volvéis a casa estas navidades y feliz reencuentro!

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