Cuando paseamos por algunos de los lugares más emblemáticos de Madrid, como la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini y el Retiro, encontramos una serie de estatuas de Reyes distribuidas en hileras que recorren de una manera aparentemente caprichosa la historia de España.

Fue en el siglo XVIII cuando el Rey Felipe V, manda el encargo a fray Martín Sarmiento de hacer la lista de todos los reyes de España para adornar los frisos y las cornisas del recién construido Palacio Real que se levantó bajo su reinado sobre el solar que ocupaba el desaparecido Alcazar de Madrid. 14 que ocuparían las esquinas (de reinos vinculados a la corona de España y 94 más de reyes españoles para la cornisa general que iban desde Ataulfo a Fernando VI.

Los más ortodoxos con la Historia y también los más racionales cuentan que fue el arquitecto Sabatini quien pidió que se quitaran, ya que rompían la estética del edificio, cosa que no es difícil creer ya que tienen un tamaño considerable. Pero cuenta la leyenda, que fue por un sueño de la Reina, Isabel de Farnesio, por el que Felipe V decidió que finalmente las estatuas no se colocaran en aquellos sitios para los que estaban destinadas inicialmente.

La Reina Isabel tuvo un sueño que dicen fue recurrente en el tiempo: un terrible terremoto sacudía Madrid y ella moría aplastada por las estatuas. Angustiada por el desenlace del sueño, lo interpretó como un aviso de que sus hijos no llegarían a ser reyes. Felipe V, cuya inestabilidad mental es bien conocida, accedió a no colocar las imágenes en los frisos y cornisas de palacio por lo que quedaron distribuidas por el Retiro, la Plaza de Oriente, los Jardines de Sabatini y el Museo del Ejército. Y algunas incluso viajaron fuera de Madrid.

Otra intrahistoria dentro de esta leyenda cuenta que las estatuas estuvieron durante más de un siglo en un sótano del Palacio Real y que fueron borrados los nombres de los reyes que representaban, no coincidiendo posteriormente la figura al nombre y montando un pequeño caos en la línea monárquica de española.

Al final, la historia de Madrid siempre esconde alguna leyenda oculta. Y eso no nos puede gustar más.

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