Existe un Madrid que todavía recuerda que no hace tanto tiempo, nuestros abuelos, libraron una cruenta guerra entre hermanos. Recuerdo cuando mi abuela me contaba como corrían al metro de Gran Vía cuando el sonido de las sirenas les advertía de que debían refugiarse de las bombas aéreas, recuerdo su serenidad al responder las mil preguntas con las que la interrogaba, recuerdo la tristeza en sus ojos por aquel hermano que murió al acabar la guerra por una bomba que no había estallado.

Recuerdo cuando mi abuelo nos contaba las penurias del frente. Como prefería estar en las cocinas a levantar un fusil que pudiera disparar una bala que matara a un hermano, a un vecino, a un compañero de colegio… Mis abuelos, nuestros abuelos, una generación irrepetible que debería pervivir en el tiempo, porque ellos supieron lo que es el sufrimiento y aprendieron a golpe de dolor a valorar cada segundo de la vida, porque su memoria nos impedirá repetir los mismos errores.

La ciudad sigue teniendo recuerdos muy tangibles de esa terrible etapa, a veces en forma de cicatrices en edificios y a veces en construcciones que aún persisten construidos para un único fin: la guerra.

El Parque del Oeste, hoy uno de los oasis de la capital, fue uno de los escenarios más cruentos de la batalla por Madrid durante la Guerra Civil con trincheras de ambos bandos separadas por escasos metros y guarda en una de sus arboledas tres fortines cuya tosca silueta de piedra y sus pequeñas ventanas hace que parecen seres de un libro de Tolkien que vigilan la ciudad. Aparecen ocultos tras una arboleda, al borde de un camino entre mesas de merendero. Son solo 3 de los muchos que se levantaron en esa zona.

Por las pequeñas aperturas asomaban las ametralladoras que disparaban el fuego del bando nacional. Balas y terror. Terror a la propia muerte y terror de que las balas terminaran con la vida de alguien cercano; en la trinchera de en frente podría encontrarse un hermano, un primo, un vecino o un viejo amigo.

Los fortines se levantaron bajo el fuego enemigo y carecen totalmente de valor artístico, pero si cada piedra pudiera narrar todo lo que allí ocurrió entenderíamos el valor histórico que tienen.

Y es que pisamos un suelo en el que el dolor, el miedo, el hambre, la enfermedad y la supervivencia han dado paso a la vida en un entorno por el que merece la pena pasear.

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