ELLA

El luminoso de la estación parpadea cuando llegas al andén: “Próximo tren 6 minutos”.

 

La pantalla del canal de TV del metro emite uno de esos reportajes culturizantes al que solo una persona mira pero sin ver. Solo la ligera corriente del túnel permite un desahogo a la asfixiante sensación de estar bajo tierra.

 

Parece que los minutos se hacen horas cuando la meta está en el sofá. En la estación poco más de 10 personas y todos con el mismo objetivo: llegar a casa cuanto antes después de una intensa jornada de trabajo.

 

Es tarde, el estómago cruje y aún queda el último tramo del viaje. 5 estaciones y el camino del metro a casa. Unos 30 minutos más para alcanzar el sofá.

 

El luminoso cambia por fin de estado: “Próximo tren va a efectuar su entrada en la estación”. El andén queda desierto y apenas va gente en el vagón. Se cierran las puertas y una serie de desconocidos comparten viaje en una cápsula que recorre las entrañas de la ciudad.

Casi todos miran el móvil abducidos por cada pixel de la pantalla, consumen megas de efímera información como los yonkis disfrutan del corto viaje que les ofrece unos gramos de heroína.

 

Sorprendentemente uno lee un libro. Otro dormita aislado en la música que sale de sus auriculares. Se escapa alguna fugaz mirada entre compañeros de viaje. El vaivén del vagón, el silencio, el calor y el cansancio acumulado hacen que el ambiente se sienta pesado.

 

Coges el móvil y activas la que llamas “maldita aplicación”. Nadie te preparó para el amor a golpe de pantallazos, pero ahí la tienes. Soñabas con un cruce de miradas en museo, intentar coger el mismo taxi como en las películas, o coincidir en una librería. Pero el amor con unos y ceros no lo imaginabas. Tan fácil como complejo pero las vueltas a casa seguramente serían más motivadoras sabiendo que hay alguien esperándote

 

Activas la aplicación y el algoritmo virtual de cupido comienza a funcionar. Este no, este tampoco. Este es horrible. Hortera. Buff. Espanto. Este tiene buena pinta.  Ves una foto, otra, otra, otra… pero no conoces las historias que hay detrás de ellas y tampoco te importa de momento. El mundo con filtros no es el mundo real. Es una ruleta rusa.

 

Se abren las puertas y notas que entran un par de personas más. No levantas la cabeza del teléfono, tu búsqueda de amor virtual te mantiene enganchada a la pantalla, pero sabes que una de ellas se ha sentado frente a ti.

 

EL

Casi no llegas. Has entrado cuando las puertas estaban a punto de cerrarse pero conseguiste bajar el último tramo de escalera como un marine escapando de una granada.

El premio: un asiento. En poco menos de 30 minutos estarás por fin en tu sofá. Un día épico en la oficina. Hoy eres el héroe de la empresa. Estas deseando llegar a casa para abrir una botella de vino y celebrarlo. Es cuando más echas de menos estar con alguien, cuando al llegar a casa solo sirves el vino en una copa.

 

Miras frente a ti y ves una chica ensimismada mirando la pantalla del teléfono. Te parece increíblemente atractiva, incluso a pesar del halo de agotamiento que tiene. No puedes dejar de mirarla esperando que en algún momento levante la cabeza del móvil.

 

ELLA

Sigues pasando fotos: deportes, viajes, coches… vidas perfectas. La mejor cara.

 

EL

No hay manera de que levante la cabeza del teléfono y cruzar una mirada. Mueves los pies nerviosamente, toses intentando llamar su atención y solo consigues una mirada de un tipo de cerca de dos metros con cara de pocos amigos.

 

Si consiguieras que te mirara por unos segundos conseguirías vencer el miedo a decirle algo. No sabes cuantas estaciones tienes por delante para poder atraer su atención. Te va pareciendo más perfecta a medida que el tren avanza por cada túnel.

 

ELLA

Solo ves lo que te parecen cretinos enlatados pasados por el filtro de los unicornios rosas a través de la pantalla del teléfono pero no puedes dejar de deslizar el dedo de una fotografía a otra. Parece que la única manera de conocer a alguien hoy en día es así. Ya nadie mira a nadie. Ya nadie habla con nadie.

 

Levantas la cabeza y ves que estás llegando a tu estación. En el vagón solo quedáis dos personas. El tipo de dos metros y tú. La oportunidad se bajó en la anterior estación. El mundo virtual ganó al mundo real.

Se nos está olvidando mirarnos a la cara, observar y pensar. Que la tecnología no nos impida ver por el mejor filtro que tenemos, el de nuestros ojos.

¿Qué habitante de Madrid no ha creído enamorarse en el metro entre dos estaciones?

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