El autobús 110 atraviesa el barrio de la Elipa, desde Manuel Becerra, conectando el mundo de los vivos con el de los muertos.

Sus conductores, al mando de las grande “barcas” de la EMT, son modernos Carontes que transportan a las ánimas que, en este caso, solo estarán de visita por un tiempo en la gran urbe madrileña de los muertos. Un Caronte de ida y vuelta, que la muerte puede esperar.

 

Más de 5 millones de habitantes tiene el cementerio de la Almudena, convirtiéndolo en uno de los más grandes de Europa. La “ciudad” en la que descansan aquellos que nos precedieron. Los que ocuparon las calles de Madrid, sus casas, sus comercios. Historias, en su mayoría, que se diluyen cuando le llega la hora de unirse a ellos al último que los recordaba.

 

El autobús atraviesa el pórtico de entrada, en el que el arcángel San Miguel pesa las ánimas para decidir quién puede subir aspirar a la vida eterna. Apenas va gente en él, cada vez menos: una sociedad hedonista en la que la muerte solo tiene cabida cuando llega y se trata de olvidar lo más rápido posible. Los vivos estamos demasiado ocupados sobreviviendo para rendir culto a nuestros muertos.

 

Quizás no haya más fantasmas que aquellos que sienten que su alma se va cuando visitan a la persona que han perdido, pero son varias las leyendas que se cuentan sobre esta línea.

 

El autobús avanza por las avenidas del cementerio, apenas se cruza con un par de coches, alguna persona de mantenimiento, alguna mujer mayor que se acostumbró a cuidar de su marido en vida y lo sigue haciendo en la muerte. Su manera de pasar los días junto a quien se fue demasiado pronto. Su manera de mantenerlo vivo.

 

Llegados al monolito de los héroes de Cuba, el autobús va vacío. Un viaje demasiado tranquilo. En esta línea se agradece la compañía, muchas ya, caras conocidas. Pero esta tarde el conductor recorre solo el cementerio cuando se activa la luz de parada solicitada. El conductor mira hacia atrás y confirma que no hay nadie. Se aceleran las pulsaciones, las manos comienza a sudar y una extraña sensación de angustia le invade. Reza para que aparezca alguna persona del mundo de los vivos que se suba al autobús y le devuelva la cordura. Para el coche en la parada solicitada y abre las puertas esperando contentar a “quien” ha solicitado bajar. Cierra las puertas, pone en marcha de nuevo el motor y comienza a canturrear intentando dejar atrás el momento. Oye el crepitar de la radio que le conecta con cocheras. Le invade la tentación de contar lo que acaba de vivir pero, de vuelta a la racionalidad, no tiene ganas de enfrentarse a las bromas de los compañeros.

 

Cada día, cuando se dirige hacia el cementerio, piensa que hay que tener miedo de los vivos y no de los muertos, pero lo desconocido hace que un escalofrío le recorra el cuerpo al quedarse solo dentro del coche.

 

Cuentan también que un conductor ya jubilado recogió, en varias ocasiones, una mujer joven que subía siempre en la primera parada del cementerio. Al llegar al monolito de los héroes de Cuba pulsaba para bajarse. Cuando el conductor miraba para abrirle las puertas la mujer ya no estaba allí.

Quizás esta parada esté ubicada en uno de los lugares con más energía del cementerio.

Cuentan también que cuando el autobús llega a la primera parada del camposanto la luz de “Parada solicitada” se enciende sola.

12 paradas, 5 de ida y 7 de vuelta dentro del cementerio de la gran necrópolis madrileña. Hasta las 19.00 h, que en horario de invierno, atraviesa el cementerio de noche.

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