Son las 11:00 h de la mañana y empieza el festival de ruidos estomacales en la oficina. ¿Cómo es posible que una cosa tan pequeña llegue a producir los ruidos de una estampida de ñus en la sabana y más después de haber desayunado como un orco?

Se me ha olvidado mi sana pieza fruta en casa. Esa que me salva de la muerte por inanición a mitad de mañana. La que me hace aguantar hasta la toma del canónigo en la comida, en la operación post Navidad y pre torrija. La que echo a las fieras que rugen en mis entrañas implorando una ración de croquetas, una tortilla de patatas o un par de montaditos.

Mi cuerpo creció, pero mi estómago nunca maduró quedándose estancado en las costumbres de las tomas cada dos horas de un bebé. Veo que me ronda la muerte y tendré que fingir ataques de tos para camuflar los alaridos de las bestias alojadas en mi estómago durante las 3 próximas horas. No me queda más remedio que ir contra mis principios, contar las monedas y acercarme a la máquina expendedora (o vending que es más cool).

Un pasillo entero llena de las máquinas de compra por impulso, a las que vas buscando unos sanos anacardos y terminas con una bolsa de galletas de chocolate bien impregnadas de aceite de palma, grasas polisaturadas y todos los tipos de aditivos que comienzan por E-.

Todo empieza cuando el brote de ansiedad provocado por el hambre se incrementa ante la posibilidad de no tener monedas. Si es necesario, se hace un crowfunding en la oficina porque ya no se puede frenar. (Se pide que los compañeros se rasquen los bolsillos y aporten a la causa). El día que las vending admitan el pago con tarjeta o con el movil será el ocaso de la humanidad que morirá por sobredosis de azucar y obesidad.

La vending es como la máquina de los deseos. Tú le echas una moneda y se materializa lo que quieres.  Es un artilugio diabólico que siempre saca nuestra parte más española. El darle “el toquecito” (he visto gente a punto de romperse la muñeca dando “ligeros toques”) con la esperanza de que caigan dos snacks en vez de uno.

He visto máquinas vending con candados de argollas medievales enganchados a la pared para evitar que ese “gen de lo gratis” someta al aparato a la embestida de la fuerza en un sola persona de un grupo de chimpancés borrachos en un intento de volcar la máquina.

La vending machine o máquina expendedora de toda la vida es ese artefacto que supuestamente nace para hacernos la vida más fácil, altamente adictiva y que tiene consecuencias fatales para nuestra salud y nuestra imagen.

Observas la máquina y todos los productos están diseñados para el pecado. Alegres envoltorios que te dicen: “a mí, a mí, llévame a mí”. Paquetitos que luego son mitad aire – mitad producto y estás otra vez en la casilla de salida con más hambre que el perro de un ciego.

Intentas tirar a lo más sano guiándote por los colores verdes o palabras como light en unas tortas de arroz que parecen corcho y que tienen más calorías que una fabada.

Digo yo, en la era de lo BIO y lo ECO, ¿tanto cuesta poner unas almendritas crudas, unas nueces, un botecito con fruta de esos por los que te roban un riñon o algo que venga directamente del árbol a la máquina sin rellenarlo de chocolate, empanarlo en toppins o rociarlo de aceite de palma? Atentos emprendedores. Nicho de mercado abierto.

Al final picamos y lo que iba a ser la compra del snack menos insalubre se convierte en un “pues ya que estoy” y marcamos el código del pecado, el que abre las puertas de las grasas a nuestras arterias para que pase la nueva ingesta de calorías para quedarse cómodamente a modo de tierna carne.

Si es que yo no necesito que caiga un snack lo que necesito es que caiga un cocinero que me prepare un menú de 3 platos, pan, vino y postre.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: