Nos invaden. Y no ha sido una invasión lenta, estratégicamente planificada. Ha sido de la noche a la mañana, de un día para otro. Sales un día a la calle camino del trabajo y, de repente, son legión.

Te entra la angustiosa sensación de haber estado en coma social durante meses, sin haber reparado en que un nuevo movimiento se estaba forjando en tu ciudad, sin haber advertido lo que pasaba a tu alrededor, pero no; los movimientos ahora tardan en montarse lo mismo que tarda un influencer en Instagram en salir con un producto y lo que tarda en llegarte el envío exprés de Amazon  (Deseandito estoy de que uno comparta algún post mío y me eleve a las cimas del éxito).

Vuelves un día caminando a casa y te cruzas con un ejército uniformado que parecía haber estado esperando una señal para armarse y tomar las calles.

He visto grupos enteros con el “uniforme oficial” de las olimpiadas de invierno del asfalto.

Hablo de los poseedores de la chaqueta Napapijri, esa parka estilo armazón con una bandera bordada que le atraviesa el pecho. Es, sin duda, la nueva chaqueta amarilla de Zara. Está por todas partes. Si juntaran a todos los Napapijris de Madrid en una cadena humana, creo que, por lo menos, daría la vuelta a la M30 y al ritmo que van uniéndose, en breve, a la M40. Si se unieran como grupo parlamentario, tendrían la mayoría absoluta. Ellas y ellos, porque esta parka no entiende de géneros.

No entro a valorar el diseño, que de bloggers de moda está llena la red, pero veo que no deja de ser el de una parka a caballo entre un traje espacial y una cota de malla medieval que da la sensación de que se puede quedar de pie sin ayuda, a modo de galán de noche. Lleva un bolsillo frontal en el que se puede meter la compra del mes (por fin alguien pensó en cómo podemos dejar de pagar las bolsas de plástico en el supermercado).

El bolsillo o marsupio está atravesado por una bandera de Noruega. Menos mal que para las banderas ajenas no tenemos lío, y aunque a mí la de España me ensalce los sentimientos, aquí no la veo. Los valores mediterráneos de sol, luz, frescura, no pueden estar encerrados en un armazón que tiene pinta de poder cocinar un cocido con sus tres vuelcos cuando le pegue un rayo de sol.

Si pueden calentar un vikingo del Círculo Polar Ártico ¿qué no pueden hacerle a un madrileño? En cuanto llegue marzo con esos días de sol que lanza rayos incendiarios, estas parkas concebidas para las temperaturas árticas van a disparar las intervenciones del SAMUR por lipotimia o la autocombustión.

Fea no es, pero la tengo atravesada de tanto verla en tan poco espacio de tiempo; lo que se viene llamando saturación.

Pensar que pienso estas cosas me hace mayor: recuerdo que taladré a mi madre para que me comprara los lazos de “Don Algodón” que llevábamos todas en el colegio y así con tantas cosas.

Pero el mérito de antes es que no había redes sociales con influencers. Antes lo llevaban las niñas guays del colegio y, sin envíos exprés, tenías que esperar a que tu madre tuviera tiempo para ir a comprar contigo los dichosos lazos con los que le trepanabas el cerebro a diario. Así era imposible ser early adopter de nada. Yo que llevaba uniforme en el colegio, quizás tienda a huir de cualquier manifestación borreguil, pero las modas, son las modas y al final nos arrastran de alguna manera u otra.

Todo pasa amigos; solo hay que recordar el ocaso de la chaqueta amarilla de Zara o la erradicación de las colas de Abercrombie. En cuanto se convierta en instrumento de cohesión social y una a pijos y canis, Chicfy, Mil anuncios y Wallapop se llenarán de fotos de este armazón. Pero la marca ha hecho caja, o cajota en este caso, que el abrigo puede llegar a los 300€ y los compradores no han tenido opción a leasing.

¡Deseando estoy ver cual es la siguiente plaga! Que con esta creo que voy atrasada

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