Se acerca el carnaval y como cada año se enfrentan don Carnal y doña Cuaresma en una eterna lucha entre la fiesta y los preceptos religiosos.

No hace tanto, los nobles madrileños ofrecían fastuosas fiestas de máscaras abriendo las puertas de sus palacios para celebrar el carnaval. Fueron famosos la del palacio de los condes de Trastamara, la del palacio de la reina María Cristina, la del palacio de los duques de Fernán-Núñez, la de la marquesa de Esquilache, la de los marqueses de Torre Hermosa, la de la condesa de Casa Valencia y la de los duques de Medinaceli, en su palacio, donde hoy se alza el hotel Palace.

Corría el año 1853 y en uno de estos palacetes se celebró una fiesta que reunió a lo más representativo de la sociedad madrileña. Entre los invitados, un joven diplomático extranjero que observaba tímidamente la fiesta. Recién llegado a la ciudad aún se sentía intimidado a la hora de establecer contacto, hasta que, una bella joven con los ojos ocultos tras un antifaz que dejaba ver una piel casi transparente y una rosa blanca en la mano se sentó junto a él. Hablaron y bailaron durante horas, y pese a los constantes bailes, sentía el cuerpo de la mujer cada vez más frio. La belleza de la mujer, que se intuía a través del antifaz resaltaba con sus pálidos rasgos.

Antes del alba, la joven le pidió que abandonaran el baile para dar un paseo por las calles de Madrid, quería mostrarle algo.  El, totalmente encandilado por la enigmática mujer, accedió a acompañarla.

Caminaron por las avenidas de un Madrid que se negaba a dormir animado por los festejos de carnaval y, con las primeras luces del alba, alcanzaron el número 43 de la calle Alcalá: la parroquia de San José donde la joven se detuvo y pidió al diplomático que le acompañara al interior.

Entraron, y sobre el altar se levantaba un catafalco con un féretro. A su alrededor varias personas velaban al muerto. El diplomático le pidió a la joven salir de la iglesia. No quería perturbar el luto de la familia con esa poco acertada intromisión. Ella le dijo que no podía irse, que su sitio se encontraba en ese ataúd y que en pocas horas se celebraría su. En ese momento desapareció y el diplomático, asustado, salió apresurado de la iglesia pensando que había sido víctima de una pesada broma.

Pasó lo que quedaba de noche sin poder dormir y por la mañana decidió acercarse a la iglesia para asegurarse de que todo había sido un macabro engaño. Al llegar, se estaba celebrando un funeral y se acercó a dar el último adiós a la persona fallecida con el fin de despejar sus dudas.

Según avanzaba hacia el catafalco la inquietud crecía y su corazón latía con más fuerza deseando no encontrar lo que no que no quería ver. Pero sus ojos no le engañaron, la mujer que yacía muerta dentro del ataúd era la misma joven con la que había estado la noche anterior. Entre sus manos sostenía una rosa blanca.

El joven, creyendo enloquecer y salió corriendo hacia la puerta de la Iglesia, donde una dama, le detuvo en su carrera para preguntarle si conocía a la difunta. Era su prima y le había confesado que estaba enamorada del diplomático con el que coincidía en los bailes de la ciudad y al que nunca se atrevía a acercarse.

Él le confesó que anoche habían estado bailando y hablando hasta casi el amanecer. Que a las 8.00 la joven apareció en el baile y le pidió que la sacara a bailar. La primera le contestó que aquello era imposible porque su prima falleció a las 8.00 h.

La joven enamorada, había enviado a su fantasma para hacer aquello que no tuvo valor en vida.

¿Leyenda o realidad?

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