No hay una muestra más variada de la especie humana que la que se puede encontrar en un aeropuerto.

 

En periodo de vacaciones los aviones se convierten  en una especie de arca de Noé dónde se da cita la fauna más variopinta en pocos metros cuadrados.

 

Odio volar pero por aquellas cosas inexplicables de la psique humana me encantan los aeropuertos y es que no hay nada como sentarse a observar a la gente durante la espera del vuelo. Y por supuesto, tengo un punto de masoquismo pronunciado.

 

Supero mi miedo gracias a mis ganas de viajar y, sobre todo, a unas pastillitas de colores que me pasa mi médico de cabecera para reducir las posibilidades de hacerme un Melendi en pleno vuelo.

 

El estrés de volar no se ciñe al momento del vuelo, comienza mucho antes:

 

FACTURACIÓN. Si volamos en low cost no facturar se convierte en un pulso contra la aerolínea. Nos motiva, y mucho, ese momento de llenar la maleta hasta el punto de tensar las costuras como si fuera un traje de Falete, y pasar el control de acceso sin que nos tiren para atrás el equipaje. Podemos comprar medio duty free dejándonos el sueldo de 2 meses en cremas, perfumes y chocolates gourmet, pero nunca, jamás, bajo ningún concepto, ni bajo amenaza de tener que deshacernos de nuestras mudas, pagaremos 20 € por facturar la maleta.

 

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Y es que, volar en una compañía low cost te vuelve miserable, avaro, tacaño, ruin. He visto gente poniéndose la ropa de cuatro días encima para no facturar la maleta y atravesar el finger con dificultad, rebotando de una pared a otra, con la certeza de que si cae al suelo también rebotará, cargar a niños pequeños con maletas más grandes que ellos y distribuir ropa entre los amigos. Que a la ida, cuando la ropa va limpia, todavía. Pero a la vuelta…

 

Cuando decidimos facturar, el momento en el que subimos la maleta a la báscula se para el corazón, se detiene el tiempo, la respiración se entrecorta, sentimos nauseas… hasta que vemos que nuestro equipaje tiene el peso adecuado para que no nos metan “el rejón” en la cartera por exceso de peso y tengamos que alimentarnos de perritos calientes el resto del viaje.

 

Da para un post aparte lo que se puede y no se puede meter en la maleta, pero merece la pena saber que no podéis viajar con la “típica” estrella arrojadiza, granadas de todo tipo o fuegos de artificio entre otras (copiado literal de AENA). Yo me pregunto: si está ahí detallado ¿será que algún descerebrado ha metido un isótopo radioactivo o minas antipersona en el avión?

 

Pero el momento culmen es la despedida de la maleta. Observas cómo la azafata despega la pegatina que va a marcar su destino con el mismo interés que un autómata, mientras tú piensas tan fuerte que casi puede oírse: “pégala fuerte, que no ha enganchado bien, que no has presionado lo suficiente para que el pegamento enganche, mira que no has hecho presión” mientras visualizas tu maleta dando vueltas en una cinta en Hong Kong ante la mirada rasgada de cientos de chinos mientras tú la esperas en Nueva York. El momento en el que desaparece en la cinta transportadora es lo más parecido a la despedida de Marco de su madre.

 

CONTROL DE SEGURIDAD. Pasar el control de seguridad debería incluirse como performance en El Circo del Sol. Sujétate el pantalón, que se te cae porque te has quitado el cinturón, con una mano, pasaporte en la boca, tarjeta de embarque en la otra mano, zapatos colgando del meñique, en el dedo índice el bolso, en el pulgar la bolsa transparente con los líquidos, y todas las prendas que nos hemos quitado colgando del brazo. Hay cola, sueltas todo en una de esas bandejas de plástico de colores  que deben ser un cultivo de bacterias de todo lo que deja la gente allí y, al pasar por el arco de seguridad semidesnuda, todavía vas y pitas. Llega el cacheo. Venga, tocadme un poco si eso que estoy falta de cariño. Mientras con un ojo miras a la poco amable señora que te está cacheando diciéndole con la mirada que no se pase un pelo, con el otro vigilas la bandeja que lleva tus pendientes, tu reloj, tus pulseras, tu cinturón, TU MÓVIL (o sea, tu vida), tus pastillitas de colores (que también pitan), tu pasaporte, tu bolso, tu tarjeta de embarque y ¡tu dignidad! La próxima vez juras ir en camisón.

 

PANTALLAS DE INFORMACIÓN DE VUELOS. Están diseñadas para entretenernos y hacernos más amena la espera. Es como el bingo de las aerolíneas. Cuando ya has localizado, después de provocarte un desprendimiento de retina y un esguince cervical, tu vuelo, va y cambia. Ahora ya no está en tercer lugar en el panel de la izquierda. Ha pasado al número 20 en el de la derecha pero, de repente, retoma posiciones como si un chimpancé borracho estuviera manejando la información o estuviera teniendo lugar una carrera entre aviones en la pista.

 

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MEGAFONIA. Es como la ópera. Sabes que suena pero nunca nadie entiende nada de lo que dicen.

 

DUTY FREE. No sabes cómo ni por qué pero terminas dando vueltas por el Duty Free. Creo que hay una estrategia clara de marketing. Los empleados de estas tiendas te rocían con perfumes y te aturden los sentidos para que deambules entre los productos y acabes comprando chocolate para varias generaciones, cremas para las arrugas y el acné, para las bolsas de los ojos, para los párpados, para las pestañas, para las patas de gallo, iluminadora, matizadora, para cerrar los poros, mascarilla para abrirlos… Podrías pasarte el resto de tu vida sin salir del baño poniéndote todo lo que te has comprado. He visto calvos salir con mascarillas para el pelo.

 

LOS BAÑOS. No hay nada más intenso para los sentidos que el baño de un aeropuerto. La energía (los nervios previos a coger un vuelo y las horas de espera) no se crea ni se destruye, solo se transforma y en los baños de los aeropuertos se transforma con mucha frecuencia.

 

ENCHUFES. Un objeto tan sencillo puede desatar las más bajas pasiones y envidias de quienes andan por el aeropuerto. ¿Hay algo con más poder ansiolítico que nuestro móvil con la batería bien cargada? Si, nuestro móvil con la batería bien cargada y WIFI gratis si estamos fuera del país.

 

LAS PUERTAS DE EMBARQUE. Son agujeros negros que se expanden y se contraen dependiendo del tiempo que llevemos para coger el vuelo. Si llegamos con el tiempo justo se expanden y se alejan. Caminar por las interminables cintas transportadoras debería dar puntos para la Credencial de Peregrino del Camino de Santiago. Y si tenemos que llegar la T4S acabaremos prácticamente en Guadalajara. Ese siniestro tren sin conductor.

 

Llegados a la puerta de embarque es el momento de mis pastillitas de colores. Así que todo lo que pasa a partir de ahí suelo tener una visión bastante distorsionada de ello.

 

RECOGER LA MALETA. Cuando vuelvo en mi, he llegado a mi destino y queda un último trámite más estresante que pasar el control de inmigración en EEUU.  No hay nada comparable al momento de espera de la maleta en el aeropuerto de destino. Tengo la teoría de que la primera que sale es de atrezzo. La pone el aeropuerto para darnos esperanzas. Es la maleta que nunca nadie recoge, que se queda dando vueltas en bucle sin que nadie se haga cargo de ella. El momento recogida de la maleta saca lo peor de nosotros mismos. Aparentamos ser civilizados, pero como los costaleros avanzamos, pasito a pasito, hasta hacernos un hueco en primera línea mientras observamos a todo el mundo que se convierte en sospechoso de llevarse nuestra maleta. El ingeniero que diseñó está cinta tiene acciones en la industria de fabricación de maletas. El momento en el que el túnel escupe la maleta como si fuera un volcán expulsando lava y cae en picado contra la cinta es cruel, muy cruel…

 

Pero sale nuestro equipaje y, por fin, estamos en casa.

 

Feliz vuelo a todos los que este verano viajáis en avión y, ya sabéis, 4 horas parece poca antelación para estar en el aeropuerto y disfrutar del espectáculo.

 

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