Madrid tiene iconos que forman parte del imaginario social de la ciudad. El cartel de Tio Pepe en la Puerta del Sol, el de Schweppes de Gran Vía, el Oso y el Madroño, el kilómetro cero, etc. Emblemas de la capital que el turista busca para hacerse la foto que acredita que ha pasado por aquí. Pero pocas ciudades tienen iconos de carne y hueso vivos.

 

Si Nueva York tiene su mítico Naked Cowboy paseando con un minúsculo calzoncillo blanco y su guitarra por las calles de Manhattan, en Madrid tenemos a nuestros heavies de la Gran Vía. Y yo estaba tardando en escribir sobre ellos.

 

Pases el día que pases allí están los hermanos Alcázar.

 

Pantalones de pitillo, de esos que quitárselos equivale a dos horas de gimnasio, camisetas rasgadas de grupos de música heavy, infinitas chapas a modo de condecoraciones por cada día pasado a la intemperie en la Gran Vía, cinturones de balas, largas melenas que ya peinan canas (el tiempo no pasa de largo en su esquina), pendientes, collares, pesadas pulseras de plata y enormes tatuajes. Con esta descripción posiblemente, cualquier madre agarraría con más fuerza la mano de su hijo y las abuelas cambiarían de acera. Pero todo se queda en una fachada, en un atuendo que les hace fácilmente reconocibles, porque solo hay que mirar sus caras para ver un punto entrañable en sus miradas.

 

heavis de gran via

 

Si los gemelos Alcázar cotizaran en la Seguridad Social por cada día que pasan apostados en su esquina de la Gran Vía posiblemente podrían jubilarse ya. Desde 2005 que cerró la emblemática tienda de Madrid Rock han hecho de esa esquina su oficina. Pasan horas apoyados en la barandilla de la calle viendo pasar gente. No es mal sitio para observar: la diversidad de personas que pasa por esa zona puede tenerte entretenido horas y, si quisieran, podrían escribir un libro de sociología. Han cambiado los discos por la ropa de Bershka y la música de botellón que sale por la puerta de esta tienda y que antaño fue su adorada tienda de discos. 

 

A falta de datos sobre estos hermanos en mi cabeza he ido forjando mi propia historia; una leyenda creada a golpe de conexión neuronal que posiblemente no tenga mucho que ver con su realidad.

 

Siempre me he preguntado de qué viven, ¿por qué pueden permitirse estar jornadas enteras en la Gran Vía sin aparentemente hacer nada y poder subsistir?. Me he llegado a montar películas conspiradoras; son policías de paisano, espías de otro país, alienígenas que observan la forma de vida en la tierra. Pero no, por lo que he leído sobre ellos son dos tipos que deciden no seguir las directrices de la sociedad, que se han rebelado contra lo establecido y la tiranía del consumismo (como ellos mismos dicen). Vienen de familia normal de Chamberí, de las de toda la vida, han sobrevivido a los 80 dejando en el camino muchos amigos caídos por la droga de la que ellos han conseguido salir (incluso un hermano) y hoy dejan su testimonio sobre la destrucción que estas provocan a quien les quiera escuchar, y se han convertido en un icono del más puro “madrileñismo”. Son atérmicos, aguantan estoicamente los abrasadores veranos madrileños y los crudos inviernos. Añaden una chaqueta de cuero a su atuendo (outfit que dicen los modernos) y siguen sumando horas de pie como esperando a que el tiempo vuelva atrás y aparezca de nuevo el cartel de Madrid Rock.

 

No son héroes, ni han hecho nada grandioso por Madrid, pero se han hecho un hueco (exactamente los metros cuadrados de su esquina en la Gran Vía) en la cotidianidad de los madrileños. El día que pasas por allí y no están no puedes evitar que te invada cierta sensación de preocupación. Y, por algún extraño motivo, es inevitable sentir una corriente de simpatía hacia ellos. 

 

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: