Hoy comienza el mes de mayo. Es el mes en el que la ciudad empieza a prepararse para el verano. Un mes imprevisible. De repente hace frío, de repente calor, y de repente estalla la naturaleza con toda su fuerza. Primavera que parece que nos pone una media sonrisa a los madrileños, cansados ya del largo invierno, intuimos que el descanso estival se acerca y mientras, vamos cogiendo fondo en las terrazas con tardes que se alargan entre amigos, en la sierra, en los parques que rompen en colores.

 

Madrid en Mayo es un artículo de Antonio Gala escrito en 1987. Mi madre, posiblemente, quien más me ha inculcado esta curiosidad y amor por nuestra ciudad, tuvo el acierto de recortarlo de alguna revista de la época y conservarlo en un libro sobre Madrid, que hace poco rescaté. Creo que describe a la perfección como es Madrid, aunque hayan pasado más de veinte años desde que lo escribió. Espero también que al Sr.Gala, al que admiro profundamente, no le parezca mal que copie literalmente, sus palabras.

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Antonio Gala, es andalúz porque lo sabemos. A juzgar por estas líneas y su amor por esta ciudad podríamos decir que es un “gato de pedigree”, pero casi nos gusta más así, “gato de corazón” con alma andaluza.

Ojalá algún día tenga su pluma para escribir así de mi ciudad.

 

Madrid es una de las ciudades que amo. Me gustaría enseñártela. Pero no se puede enseñar una ciudad. Se enseñan sus facciones, sus arrugas, sus monumentos que la puntúan, las huellas de su historia, los aciertos o desaciertos de quienes la conducen. Sin embargo, una ciudad es mucho más que eso. A un alma no se la enseña. Igual que no se enseña el mar: hay que nadar en él, sumergirse desnudo, luchar con él, beberlo y escupirlo. Yo te acompañaría por Madrid para dejarte luego con él a solas, con su gente a la vez agobiada y jaranera, inasequible al desaliento.

 

Tu lo sabes, Tobías: mi casa está en Madrid, al norte, en un pequeño barrio casi serrano, con granito y tejados de pizarra, con jardines de glicinas y rosas este mes de mayo. Mi casa está en Madrid y mi casa es Madrid. Por eso es una de las ciudades que amo. Vuelvo de largos viajes, me apeo del avión; respiro hondo su luz neutral y plata, su aire transparente que quizá en el centro no lo sea tanto; me quedo absorto frente a los atardeceres serenos y encendidos; me sorprendo bajo el color azufre con que tiñe las cosas algún poniente atormentado, y sé que ya llegué…

 

Madrid en mayo se pone más familiar que nunca. Se gusta y se divierte. Celebra a su patrono, San Isidro, un labrador que rezaba con tan buenos modales que, para no interrumpirlo, Dios mandaba a sus ángeles a que araran en su nombre. Su mujer fue María de la Cabeza. Santos los dos: un matrimonio con un amo, Iván de Vargas, y un pueblo alrededor. Madrid, en mayo, se va de romería. Poquito, porque la ermita de San Isidro, al crecer la ciudad, ya queda dentro de ella: pero a Madrid le gusta exagerar. Sus hombres y sus mujeres se visten como para cantar en un coro de zarzuela y bailan chotis con aspecto infantil y borrascosas consecuencias, asisten a conciertos de rock, tiran al blanco, suben a una noria, se extasían oyendo pasodobles.

 

En Madrid, por mayo, sucede cualquier cosa y a cualquiera. De modo muy sutil, como su aire, se va metiendo Madrid venas adentro, creando una adicción alegre y compañera… Llegaba gente a él de todas partes, con una ilusión marchita de medrar, y él se apretaba para hacerles sitio. La segunda generación ya es de Madrid. Porque ahí está su secreto, se puede ser de Madrid y de otro lado. Aquí a nadie se le exige la exclusiva: Madrid es compatible. Acostumbrado a ser el rompeolas, respeta sonriente los certificados de origen y expide cariñosos pasaportes. En tal rebumbio, en tal mezcla de acentos, graves, agudos, circunflejos, en tal ubicuidad está su manera personal de ser: no ser demasiado de una sola manera.

 

Por mayo, los madrileños más acreditados ofrecen a los que aún no lo son, su fiesta pueblerina. Es decir, se ofrecen ellos mismos: se disfrazan de castizos; caricaturizan su madrileñismo; hacen durante unos días el teatro que suelen hacer el año entero el resto de las comunidades. Con una punta de ironía, eso sí. Como para probar que también ellos son de pueblo. Como para insinuar que, si ellos quisiesen, tendrían también aquella cosa que se ha puesto tan pesadita: señas de identidad. Porque la identidad verdadera de Madrid consiste en no tenerla muy marcada, ni exhibirla. Lo mismo que esas caras, no sé si más guapas que graciosas, que uno ve por la calle y nos recuerdan otras: simpáticas, corrientes, ni tan guapas que matan ni tan feas que espantan, sugerentes de amables parecidos con tías, primas, sobrinas y demás familia.

 

Cuando España se transformó en el Estado de las autonomías, hubo quien opinó que la época de oro de Madrid había pasado. Supongo que lo mismo sucedió cuando Felipe II se llevó la corte a Lisboa, o cuando Felipe IV se la llevó a Valladolid. Pero a Madrid, si le quitan la corte se le queda la villa. Porque tiene la suerte de ser a la vez corte y cortijo, gitana y americana, seda y percal. (No, no son piropos, Tobías. A Madrid yo no tengo que echárselos: ella se ha ido convirtiendo en cosa mía y en cosa suya yo). Con las autonomías dejó de ser la capital omnímoda- Madrid “capitalea”, decía Barcelona- y se le hizo un favor. Pudo ocuparse un poco más de sí: se lavó, se compuso, se asomó a la ventana, se miró en el espejo y se encontró joven aún, guapetona, salada-“mas que las pesetas”- y se dijo: “Bueno, hija, sonó la hora de disfrutar, que me han dado mucha lata las niñas. ¿No son mayores ya? Pues que cada palo aguante su vela“. Y se animó, se despreocupó – “A vivir que son tres días y ya han pasado dos“. Se echó a la calle y se mezcló con todo tipo de gente y de gentuza, y, a lo cateto, como quien no quiere la cosa, empezó a atraer la atención de los de fuerísima. Ya no era solo el fútbol, ni el Real Madrid, ni el Palacio de Oriente, ni las iglesias generalmente metida sen un hoyo, ni el Prado, ni el Retiro, ni la Cibeles. Fue el desparpajo, la falta de respeto a la cultura (que los demás habían empezado a pronunciar con mayúscula y con K), la confianza en sí misma, el estar de vuelta del lugar adonde los demás se dirigían, la desgana de seguir imitando a Londres o a París. Como un sarpullido, le brotaron a Madrid latinidad y una elegante ordinariez que solo se consiguen en el Sur y a fuerza de experiencia. Se arremangó con gracia y con soltura. Dio una lección de como se puede ser imprescindible precisamente cuando los otros han decidido prescindir de uno; de cómo se es, de hecho, la capital de un reino.

 

Pasito a paso comenzaron a abrirse restaurantes de allá y más allá. Que si los diputados, que si los senadores, que si los extranjeros, que si para conservar las cocinas genuinas, que si para escuchar los cantes de la tierra, que si para presentar ferias, campañas, convenciones… Sí, sí… Pasito a paso comenzaron a venirse a Madrid de nuevo, pero ahora sin forzar, por su propio pie y por gusto, las gentes de España entera y de lejos de España. Y Madrid que estaba, llegado el mes de mayo, se hace el paleto, se sonríe con guasa y se va a ver los toros, murmurando por lo bajini: “Qué chulo soy, mecachis“.

 

¡Feliz mes de mayo!

 

2 comentarios en “MADRID EN MAYO”

  1. Ole ole y ole (sin acento en las “es”), me quedo con :-“…no se puede enseñar una ciudad…
    A un alma no se la enseña. Igual que no se enseña el mar: hay que nadar en él, sumergirse desnudo, luchar con él, beberlo y escupirlo.
    Grande Gala y grande Tu que lo compartes.
    Un abrazo desde Alicante!!

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