Tengo la suerte de que el parque del Retiro sea el «jardín de mi casa». Un privilegio que me hace alimentarme de pasta y no solomillo para poder tener este maravilloso oasis del centro de la ciudad a las puertas de mi casa.

Me encanta atravesarlo por las mañanas para ir a trabajar. Cuando el frío del invierno atraviesa el cuerpo como una daga que parte los pulmones, cuando explota en colores naranjas y ocres en otoño y se alfombra de hojas y cuando estalla en toda su locura primaveral y la luz del sol se cuela entre los árboles a reventar de verde.

Me encanta cruzarme con corredores, personas que caminan hacia sus trabajos, paseadores de perros, ciclistas, paseantes y turistas que caminan por sus paseos fascinados ante la visión del Ángel Caído, del estanque con ese maravilloso monumento a Alfonso XII o del Palacio de Cristal: esos secretos que guarda el Retiro entre sus árboles y caminos de tierra.

Llega el fin de semana y, como si cientos de atrezzistas trabajaran sin descanso para hacer un cambio de escenario la noche del viernes al sábado, me encuentro con un Retiro entre Benidorm y Magaluf.

Las zonas ajardinadas con gente tomando sol en bañador que recuerda a las imágenes de los Morancos en la playa, familias enteras desparramadas con neveras, bocadillos de chopped, litronas y música reggetonera.

Cumpleaños de niños de padres perroflaúticos que ponen una pica en Flandes y ocupan los espacios comunes con mesas llenas de sándwiches, gusanitos y música infantil mientras ellos se cuecen a cervezas.

Cuando los de mi generación éramos niños, los cumpleaños se hacían en las casas. Y, como mucho, dabas por saco al vecino de abajo durante unas horas, pero no a todo un parque. Y el pic-nic urbanita no entraba en ningún imaginario dentro de la ciudad.

La vulgarización de Madrid se expande como un virus. El respeto por los espacios comunes se ha convertido en “es mi derecho” y planto mi campamento donde me place.

Nos estamos tomando los espacios públicos como una extensión de nuestras casas. Llegamos, ocupamos sin importar cómo afecta al entorno, a las personas que pretenden disfrutar de un lugar que siempre ha sido tranquilo para el disfrute de los mayores y niños, porque estamos desarrollando un equivocado sentido de la pertenencia en el que nos creemos con derecho a todo.

Me entristece ver como el Retiro está perdiendo ese aire de jardín de paseo y desconexión, para convertirse en un botellón en Magaluf. Me horroriza ver como estamos creando un ecosistema chancletero y de olor a bronceador que neutraliza el aroma de la rosaleda del parque, de los cientos de árboles y plantas que oxigenan la ciudad. Se está achabacanando a velocidad supersónica para convertirse en un parque que parece una playa de Levante en pleno mes de agosto.

El Retiro, el fin de semana suena a chancla y reggaeton y huela a bronceador y chopped.

Parece que el turismo de cultura que ha atraído siempre la ciudad se está transformado en el turismo de chancla y sangría barata. Avisados estábamos.

#prayforRetiro

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