Los cementerios son un censo de nombres en los que es difícil conocer la vida de quienes allí descansan. Historias que se diluyen en la tierra con el paso del tiempo. Pero algunas de ellas son parte de la historia mundial.

 

En la sacramental de San Isidro, un panteón familiar no llama la atención a menos que se conozca la historia de la familia Pérez de Soto. Una familia que vivió una de las tragedias más terribles del siglo XX.

 

Hoy se cumplen 105 años de la tragedia del Titanic.

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Dña. Purificación almorzaba en el comedor de su palacete de la calle Sagasta cuando un moscardón fue a parar en su sopa. Una sensación de frío le heló los pulmones dejándole sin aire. ¡A Víctor le ha pasado algo!, acertó a gritar apenas sin poder respirar después de sentir un puñetazo en las entrañas.

 

Su hijo Víctor acababa de ser engullido por las heladas aguas del mar a miles de kilómetros de su casa. Gritos, confusión, terror y el silencio del océano. El Titanic había desaparecido bajo las aguas del Océano Atlántico hacia las 2.30 h de la madrugada y con él la vida de 1800 personas; entre ellas la del madrileño Víctor Peñasco de 24 años.

 

Víctor había comenzado su luna de miel con Josefa Soto (Pepita) hacía un año y medio, al estilo de las ricas familias de aquel tiempo; recorriendo las grandes ciudades europeas. Una temporada en Viena disfrutando de un palco en la ópera. Estancia en Londres frecuentando los ambientes más selectos y un tiempo en París.

 

Victor Peñasco - Madrileño en el Titanic
Víctor Peñasco – Imagen de geni.com

Josefa Pérez de Soto - Superviviente Titanic

Al abandonar Madrid para comenzar su luna de miel su madre le pidió que no cogiera ningún barco porque tenía un mal presentimiento.

 

Fue en el restaurante Maxim´s de París donde Víctor y su mujer, Pepita escribieron, sin saberlo, las líneas de su trágico destino. El joven matrimonio se vio tentado por la aventura de cruzar el océano y llegar a Nueva York, la tierra de las oportunidades, en un lujoso transatlántico.

 

Para no alertar a la madre de Víctor dejaron al mayordomo en París con postales redactadas para que las enviara semanalmente a Madrid y así hacer creer a Dña. Purificación que seguían disfrutando de Francia mientras ellos navegaban en el mayor transatlántico de la época rumbo a Nueva York. Embarcaron en primera clase junto con la doncella, Fermina.

 

La noche del 13 de abril, el capitán del Titanic ofrecía una cena de gala. Las mujeres lucían espléndidas joyas que hoy duermen en algún lugar del océano. Terminada la cena el matrimonio volvió a su camarote y un ruido ensordecedor traspasó las heladas aguas del océano. El barco se detuvo en la fría noche. Algo iba mal.

 

Víctor subió a cubierta para saber qué había ocurrido. El nerviosismo de la tripulación y de la gente le hicieron ver que la situación era grave. Volvió al camarote por Pepita y su doncella. En pocos minutos el caos comenzó a apoderarse del barco. “¡Las mujeres y los niños primero!”: gritaba la tripulación. Las dos mujeres fueron embarcadas en un bote. Víctor cedió su puesto a una mujer con un niño pequeño ante el desconsolado llanto de su mujer que se negaba a separarse de él. Víctor pide a quienes van con ella en el bote que la cuiden y se despide de su mujer intuyendo que no volverán a reunirse: “Pepita, que seas muy feliz”. No había botes salvavidas para todos.

 

Pepita permaneció en el bote durante 4 horas junto a otras mujeres hasta ser rescatada por el Carpathia, el primer buque que acudió a la llamada de auxilio del Titanic. Desconsolada, comienza a ser consciente de la suerte de Víctor cuando aparece en los listados oficiales de desaparecidos.

 

Pepita vuelve a España desolada, sin haber podido velar el cuerpo de su marido que nunca fue encontrado. Según la ley de la época, al no haber cuerpo, no se daba a la persona por muerta hasta transcurridos 20 años. Pepita, no podía ni heredar, ni cobrar la pensión de viudedad ni rehacer su vida en otro matrimonio. La familia decidió “hacerse cargo” de uno de los cadáveres recuperados en el mar, ninguno el de Víctor, pero reconocido como tal para lograr el certificado de defunción.

 

Pepita murió en el año 1972 en Madrid y está enterrada en el panteón familiar de la sacramental de San Isidro. Con ella se fue la historia de una madrileña que sobrevivió a una de las mayores tragedias de la época que aun hoy sigue rodeada de mil misterios.

 

El Titanic fue más que el hundimiento de un barco. Con el se quedaron en el fondo del mar las ilusiones de miles de personas que se embarcaron con rumbo a una nueva América, la tierra de las oportunidades. Y en Madrid, dos supervivientes del Titanic, la madrileña Pepita y la conquense Josefa descansan en los cementerios madrileños.

 

Fueron 10 los españoles que se embarcaron en el Titanic. Sobrevivieron la mitad.

 

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