Si una ardilla quisiera atravesar el centro de Madrid sin tocar el suelo podría hacerlo de mantero en mantero.

Al escenario apocalíptico de la Gran Vía con las aceras levantadas, estaciones de metro en obra y el permanente atasco por haber pasado a un solo carril, los que día a día intentamos sobrevivir en el safari de esta zona de la ciudad tenemos que sumarle otros riesgos cada vez más numerosos:

  1. La entrada de Primark, ese agujero negro que engulle y escupe miles de personas al día.
  2. Los manteros, que exponen su género en el hueco que queda entre la calle y la entrada de esta megatienda.

La foto es la siguiente: Semáforo de Gran Vía, de los pocos que han quedado en pie con la obra por lo que la avalancha de gente para cruzar en ambos lados es lo más parecido a la escena de Braveheart en la que Willian Wallace arenga a sus tropas (sin olvidar que estamos a 40 grados a la sombra).

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A eso le sumamos el Primark engullendo y escupiendo seres con inmensas bolsas de papel que se clavan como cuchillos de hoja albaceteña.

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Y, si éramos pocos llegaron el ejército de manteros que han convertido los pocos metros de acera libre en un zoco.

Y ¡ojo! que no te pille el momento en el que pasa un coche de policía y recogen corriendo porque puedes acabar dentro de una de las mantas, estampado contra una de las vallas de la obra o en la sección de ropa de interior del Primark sin saber cómo has llegado hasta allí. Una estampida de ñus en la sabana se me antoja menos peligrosa.

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Total, que en ese tramo de Gran Vía hay que pasar santiguándose, como si el suelo fuera lava y a ser posible de lado. Todavía hay algún incauto que se juega la vida mirando la pantalla del móvil en esos metros o que lleva una sombrilla para protegerse del sol abierta pese al riesgo de que termine las varillas retorcidas como las intenciones de una suegra. ¿No hay ningún reto aun en las RRSS que sea atravesar ese tramo en línea recta sin morir en el intento?

Que retomando las viejas tradiciones del Madrid antiguo en las que las calles tomaban el nombre de los gremios que en ellas se instalaban, la Gran Vía puede pasar a llamarse Calle Manteros.

Quiero pensar que todo se debe a que nuestra alcaldesa aún no ha pasado con su bicicleta por Gran Vía y que, por eso se permiten todavía estas actividades ilegales y de economía sumergida, o su habitual buenismo ahora lo compra a palés. Qué políticamente incorrecta estoy siendo. Pero Madrid se llena de Manteros que invaden las aceras, Carmena mira para otro lado y los que transitan, a golpe de billete y sin factura, se llevan a casa un Chanel de palo para ponérselo con la rebequita del Primark.

 

 

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