Hoy he tenido un momento de vuelta al pasado al encontrar una foto en mi ordenador escaneada de hace ya tantas navidades que casi ni me acuerdo. Por unos momentos, he vuelto a la Navidad de mi infancia, la de los 80. Un Madrid aun con vestigios del blanco y negro que despertaba poco a poco al color. O así me gusta recordarlo.

 

Recuerdo haber pasado por unos cuantos papeles en la función del colegio (paje, pastorcillo, pastorcilla, etc.) pero nunca disfruté de un estatus privilegiado en el Belén viviente que montaban las monjas. Papeles como San José era mejor no tenerlos ya que suponía que eras demasiado alta para tu edad.  O Rey Mago, demasiado “ancha” para tu edad o el de ángel que anuncia la buenanueva, demasiado bajita para tu edad.

 

El papel de la Virgen estaba reservado siempre a la más guapa de la clase que solía considerarse a la niña más rubia con los ojos más azules. Así que mi infancia de estatura media y pelo rojo transcurrió entre el papel del pastorcillo que hacía bulto en el escenario o el de paje que acompañaba a los reyes y cargaba con un cofre en un cojín desde el lejano oriente.

 

Y así comenzaba la Navidad, con la función en el colegio en el que la profesora de música se dejaba los restos para que la locución que salía del disco de vinilo narrando con una crudeza estremecedora como San José y la Virgen María recorrían Belén buscando un sitio donde refugiarse a unos 20 grados bajo cero,  cuadrara con el movimiento de nuestras bocas.

 

La lotería marcaba el inicio “oficial” de la Navidad. El soniquete de los niños de San Ildefonso se oía por todos lados y siempre recordaré a mi abuelo, atento a la televisión para ver si llegaba un golpe de buena suerte para la familia, que al final, siempre se convertía en el clásico “bueno, tenemos salud”.  Ahora se busca en Twitter con el hashtag #gordodenavidad  o se sigue en streaming a través de la web

 

Sí recuerdo un Madrid diferente. Se iba a la Plaza Mayor a comprar bromas para el día de los inocentes o la figurita del Belén que algún primo, hermano o miembro del núcleo familiar pasado de anís el Mono había guillotinado al tirarlo en un accidente que conmocionó hasta el mismísimo Herodes en su castillo (siempre muy pequeño, porque se ponía en un alto y había que jugar con la perspectiva).

 

NAVIDAD EN MADRID
Madrid .- Unos niños prueban las zambombas que ofrecen los puestos de artículos navideños en la Plaza Mayor de Madrid. (foto sin fecha, años 50) Efe/ jb

 

En el Belén de mi casa siempre aparecía un batallón de clicks de Playmobil por cortesía de mi hermano e incluso en el río, vestigios del famoso barco pirata. Llegamos a tener un policía dirigiendo el tráfico en el puente que cruzaba de un lado a otro de nuestro particular Belén y al que año tras año se iban incorporando personajes más anacrónicos.

 

El árbol, con esas bolas de mil colores y formas, algunas con motivos de renos hechos con “nieve” y la extraña y setentera antena que cerraba el abeto por arriba.  El espumillón tapaba las calvas que se iban abriendo en el árbol poco a poco. Recuerdo el olor del abeto en casa, cómo pinchaban las hojas al poner las bolas, y haber ido a comprarlo con mi padre a la Plaza Mayor o a la sierra. Que aún no sé como entraba en el coche y lo traíamos hasta casa.

 

Y recuerdo la misa del gallo a la que bajaba todo el barrio en masa porque esa noche era especialmente alegre con el coro cantando villancicos. Un acontecimiento social.

Siempre celebramos más la Nochevieja. El gran momento llegaba siempre con las uvas. Esa conexión con la Puerta del Sol, en la 1, no había que negociar canal, todos atentos para ver el último anuncio del año (nada de Anas Obregones ligeras de ropa y sí de Marisas Naranjos que confundían a todo España y de Martes y 13 explicando año tras año cómo entender el funcionamiento del reloj), hacer todos los rituales para atraer la buena suerte, comernos las uvas con las campanadas y gritar indignados al que empezaba en los cuartos, intentar controlar el ataque de risa por vernos en silencio con la boca llena de uvas, y ver el primer anuncio del año mientras se descorchaban las botellas, mi abuela lloraba y todos nos abrazábamos para celebrar, que una vez más, entrábamos juntos en un nuevo año. Aún hoy sigo poniéndome nerviosa en el momento de las uvas.

 

Concierto de año nuevo para despertar de la resaca y , por supuesto, la noticia con los kilos de basura recogidos en la Puerta del Sol.

 

Y después de Nochevieja el día de Reyes. Había que llevar la carta al Rey Mago que nos gustaba (o el que el Corte Inglés tenía a bien poner que solía ser un Baltasar pintado por aquello de que fuera el más exótico) o, en su defecto, a su paje que era más decepcionante pero en aquella época se trabaja más la tolerancia al frustración.

 

Recuerdo cuando llegaba a casa el catálogo de juguetes del Corte Inglés y mi hermano y yo jugábamos al “me lo pido”. El Scalextric, el Cinexin, el Operación, la Nancy, los barriguitas, la bicicleta para la sierra… con ese eterno peregrinaje en bucle de las muñecas de Famosa camino del Portal.

 

Tengo grabada una imagen de un Madrid muy diferente. Una cabalgata de Reyes sin luces led y carrozas con mucho dorado, alguna bombilla y llenas de pajes (más estilo Gipsy Kings) y no Bob Esponja con sus colegas. La fuente de la Cibeles congelada por el frío y yo a hombros de mi padre viendo pasar alucinada el desfile de pajes, la mítica carroza del zoo, los Reyes Magos, con un Baltasar de rasgos blancos y  un sospechoso tono negro.

 

Fueron mis primeras noches en vela. Imposible conciliar el sueño por los nervios y aguantar hasta las 7 de la mañana en un duermevela. Las visitas de mi padre al Vips de O´Donnell el día del Reyes para comprar pilas eran un clásico.  Se abrían los regalos y se desayunaba bien de roscón, que el día prometía ser duro hasta que llegaran las pilas para poder jugar. Si era de petaca, incluso a lo mejor había que esperar unos días. Iba desfilando por casa toda la familia a lo largo del día para el intercambio de regalos. Y, si hacía buen tiempo, el Retiro se llenaba de niños con patines y bicicletas nuevas.

Ahora es diferente, no sé si mejor o peor, solo diferente. Luces de diseño, aceras llenas de gente con bolsas, árboles de led que patrocinan marcas comerciales, escaparates que compiten en brillo, Mariah Carey sonando de fondo, desplazando a los peces en el río. Papá Noel va ganando a los Reyes Magos, el abeto al Belén, en la Plaza Mayor se venden más pelucas que motivos navideños y recibimos tantas felicitaciones electrónicas, vídeos y mensajes navideños que si llega una tarjeta de navidad física a casa la ponemos bien a la vista porque es un objeto de culto.

 

Cuando nuestros hijos miren atrás seguro que miran con nostalgia las luces led, las carrozas espaciales y la decoración de preciosas y refinadas bolas de los árboles con luces de led. Posiblemente ellos pongan una proyección en 3D en sus casas.

 

Por eso no es mejor ni peor, solo diferente, pero siempre nos parece que cualquier tiempo pasado fue mejor.

 

¡FELIZ NAVIDAD!

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