Cuando el tiempo corre como lo hace levanta polvo y pone en nuestra memoria una pátina de partículas que nos hace ver el pasado como si le hubiéramos pasado un filtro de Instagram.

 

No sé bien cómo funcionan, pero hay ciertos resortes que en milésimas de segundos te devuelven al pasado: un olor, una canción, una imagen que hacen de puerta en el tiempo.

 

Hoy tengo nostalgia de un pasado que quizás he construido en mi cabeza. Incluso de un pasado que posiblemente no haya vivido pero que está en mi imaginario como si me lo hubieran impreso en los genes y fuera parte de un legado de la familia.

He limpiado el retrovisor para mirar atrás y he visto otro Madrid más amable y alegre, menos crispado, más educado, más humano y con menos hormigón (en los edificios y en las almas de quienes deambulan por sus calles). Sin vertederos de miserias a golpe de 140 caracteres, donde los asuntos se discutían en los portales de las casas o en las mesas de los bares.

 

  • Recuerdo un pasado en el que el farmacéutico conocía mi nombre y las pastillas que tomaba mi abuela.
  • En mi pasado había zapateros a los que llevar a arreglar las maletas, las cremalleras de los bolsos y los zapatos sin desgastar otros caminando para encontrar uno.
Telegraph
Telegraph
  • Había relojeros en el barrio para cambiar las pilas sin necesidad de ir a un centro comercial.
  • Había pequeños comercios a los que tu madre te mandaba a recoger algún pedido. Podías ir sin dinero porque luego arreglaban las cuentas entre ellos. Y te ibas con tu jamón de York y las cuentas anotadas en el papel que lo envolvía.
  • Había vestidos de domingo y comida en casa de los abuelos con toda la familia. Dos canales de televisión, unos rombos para clasificar el contenido e Internet ni siquiera existía como ciencia ficción. La gente aun se miraba a la cara y hablaba para contarse frente a frente las cosas de la vida.
  • Recuerdo tiendas de chucherías, quioscos de prensa cada pocos metros en los que comprar sobres de cromos era el premio a una semana de esfuerzo en el colegio y tiendas de patatas fritas y encurtidos.
  • Recuerdo panaderías de barrio en las que vendían pan “chicloso”, cuernos y triángulos gigantes.
  • Y pastelerías de barrio que cada domingo se llenaban de padres de familia haciendo cola para comprar un buen pan, milhojas, tejas o pasteles.
  • El sonido del afilador que recorría con su vieja bicicleta el barrio los domingos.
Taringa
Taringa
  • Los gitanos que llegaban los fines de semana a golpe de música cañí y nos hacían correr a la ventana para ver algo tan exótico como una cabra en el centro de Madrid.
  • Recuerdo que los vecinos eran como una extensión de la familia y nos esperábamos al vernos a lo lejos, desde el portal, para sujetarnos la puerta.
  • Recuerdo ir mirando por la ventanilla del autobús la cartelera de los cines de la Gran Vía. Información en tiempo real en aquél momento.
  • Mi debilidad: las papelerías de barrio y las librerías, unas extintas y las otras en peligro de extinción.
  • Podía caminar por las aceras sin topar con personas con el cuello doblado hacia el pavimento mirando una pantalla.
  • Recuerdo un Madrid que, sin tener aún una de las mejores redes de transporte público del mundo, no nos impedía quedar con los amigos y no conformarnos con un whatsapp.

Y aunque parezca mentira, no hace tanto.

 

Se me ha empañado el retrovisor, vuelvo a mirar hacia adelante, vuelvo al Madrid de hoy. Seguro que la pastilla contra la nostalgia hace efecto y mañana vuelvo a ver la ciudad con los ojos de siempre.

 

Pero a veces, es inevitable sentir que te has comido a Peter Pan y se te ha atragantado Campanilla.

 

 

Deja un comentario