Te has parado alguna vez a ver los colores que estallan en Madrid cuando, al salir del metro en una tarde otoñal, el sol se va? (Topo).

 

Debería haber termina ya el verano. Tendríamos que estar esperando el pegajoso veranillo de San Miguel. No me vale que “oficialmente” el calendario me diga que ya se ha ido porque sigue aquí, anclado en el asfalto, dispuesto a abofetearnos la cara a medio día y a hacernos llegar a casa agotados por la tarde. Ese calor interminable que nos hace ver que el eterno estío no es apto para nuestros cuerpos y menos aun para nuestras cabezas.

 

Tiene que llegar el otoño, y Madrid pintarse con colores tierra y ocres; los colores de la mejor estación del año. Tiene que llegar el otoño a golpe de aire fresco, ese que eriza la piel al pisar la calle y nos regala imágenes de postal.

 

Viento del norte, hojas caídas, arboles desnudos, avenidas cubiertas de alfombras ocres, atardeceres que tiñen de dorado los edificios…La química de los colores, la física de los cuerpos que buscan un rayo de sol para entrar en calor. Eso es el otoño.

 

Siempre entra tímido, rezagado tras los últimos rayos de sol de un abrasador verano que se resiste a abandonar su trono, quizás porque Madrid es difícil de dejar atrás.

 

Y las tardes tienen que hacer más cortas y los atardeceres más espectaculares.

 

Y Madrid se tiene que teñir de otoño y estallar en toda su belleza. Volverse elegante, altiva y musa. Porque hay pocas cosas tan inspiradoras como el otoño de Madrid.

Cuando el frío aun no congela y cuando el calor por fin no nos agota, Madrid se viste con un halo de melancolía que se queda a la puerta de los bares, los restaurantes, los teatros donde los cuerpos buscan el calor de las calefacciones y las almas el calor humano.

 

Días de lluvia, que hoy son un vago recuerdo, que convierten la ciudad en una fila interminable de luces blancas y rojas que avanzan lentamente, al ritmo marcado por los semáforos que se intuye perezoso. Gente corriendo por las aceras bajo sus paraguas formando coloridas olas entre el gris del pavimento.

 

Y es que Madrid es preciosa en otoño, cuando los rayos calientan tímidamente y cuando llueve, porque sabemos que no durará mucho y, pronto, el cielo nos regalará otro mosaico de colores dibujado con los rayos del sol.

 

Un paseo por el Palacio Real y ver el atardecer desde los jardines de Sabatini, dónde los árboles desnudos dejan disfrutar de imágenes de postal. Un café frente a un gran ventanal por el simple gusto de ver pasar gente. Notar como el frío se cuela en el cuerpo a la salida de un teatro. Y saber que poco a poco, la noche va haciéndose con trozos del día. Los últimos rayos de sol tiñendo de naranja la Gran Vía.

 

Como leí en un artículo una vez, “Madrid en otoño es la ciudad perfecta, en el momento justo”.

 

¡Por favor, a quien nos lo ha robado, devolvedle el otoño a Madrid!

9 thoughts on “¿QUIEN NOS HA ROBADO EL OTOÑO?”

  1. Como decia becquer…. “Me preguntas que es poesía…” Una joyita de entrada, fiel reflejo de su autora. Besotes de tu amigo ‘Moreno’.

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