Un equipo, una puerta que se cierra a nuestras espaldas y una habitación llena de enigmas que hay que resolver para poder salir de ella. 60 minutos por delante para hacer que las neuronas activen en todo su potencial para conseguir el código que abre la habitación.

 

Llegamos a un portal del centro de Madrid y jamás sospecharíamos lo que se esconde detrás de la fachada. Nos reciben en la puerta y desde el primer momento sabemos que nos encontramos en un sitio especial.

 

Unas indicaciones antes de entrar en la habitación que lo único que consiguen es que tengamos aun más ganas de enfrentarnos al reto. Un walkie para comunicarnos con el exterior y todo listo para entrar. Se abre la puerta. Una ultima advertencia de nuestra anfitriona: “Dentro, nada es lo que parece“.

 

Se cierra la puerta detrás de nosotros y comienza el juego. Una pantalla nos recuerda que el tiempo ha empezado a correr y la primera sensación es la de bloqueo. Empezamos a dar vueltas por la habitación desorientados revisando todo hasta que alguien grita “lo tengo”  y encontramos la primera pista. Sube la adrenalina y el equipo se hace más fuerte.

 

No voy a contar más porque no puedo desvelar nada más de lo que allí dentro hay.  Solo puedo decir que la hora se pasó rapidísimo. Fueron 60 minutos de risas, de tensión, de atascos mentales y de celebraciones de equipo por cada pista encontrada y enigma resuelto. La
resolución de un enigma conduce a otro y así hasta llegar a conseguir el objetivo final: salir.

Los que habéis sido o sois jugadores de videojuegos como el Monkey Island (aventuras gráficas a las que yo he sido adicta) os sentiréis como en casa y veréis que vuestras horas delante del ordenador resolviendo enigmas os han dado cierta ventaja a la hora de enfrentaros a acertijos y misterios.

 

El juego está perfectamente ambientado: la decoración de la sala, los sonidos, las luces, etc. hace que el equipo se sienta realmente inmerso en una historia que no tiene ni idea de que va pero que va tomando forma a medida que se avanza. Se cumple la teoría del “flow”. Su creador Mihalyi Cskszentmihalyi, dijo que se trata de un “estado en el que la persona se encuentra completamente absorta en una actividad para su propio placer y disfrute, durante la cual el tiempo vuela y las acciones, pensamientos y movimientos se suceden unas a otras sin pausa”. La felicidad basada en la actividad. Muy interesante leer sobre esta teoría, por cierto.

 

No hay sustos absurdos, no da miedo, ni agobio. Nada de claustrofobia.

 

Ante la tensión se ven reacciones en el equipo que terminan en carcajada. Al final todo te parece susceptible de esconder un enigma y pruebas todos tus recursos con todo lo que te vas encontrando en una especie de brote esquizo haciendo cosas que, a priori, pueden parecer absurdas.

 

Pero lo bueno de este juego de escapismo es que no termina una vez que se consigue (o no) salir de la habitación a tiempo. Lo bueno, es que continúa después de salir del local, en las cañas posteriores recordando las situaciones que se han vivido entre carcajadas.

 

Mis consejos: elegid un buen equipo (no quiero decir el más listo, pero si el más disfrutón), dejaos llevar por el ambiente (es inevitable desconectar de todo lo que traes en la cabeza lo que se agradece una barbaridad) y no dejéis de pensar que “Nada es lo que parece”.

 

Afortunadamente, Madrid ofrece otros planes de ocio divertidos, diferentes y que hacen que trabajemos el ingenio y pasemos un rato abstraidos de lo que hay fuera. Además, una hora sin mirar el móvil no tiene precio.

 

Un 10 para la experiencia en Parapark Madrid. Vuelvo seguro a hacerme la habitación de abajo.

 

  • Donde están: Calle Manzana, 15 – Metro Noviciado (Al lado de San Bernardo).
  • Web: www.parapark.es
  • Precio: 47€ el grupo (máximo 5 personas). Nosotros fuimos 3 y es número magnífico para funcionar.

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