Este post debería empezar como los cuentos: “Erase una vez…”. Hace tanto tiempo de lo que voy a contar que me resulta increíble tener tan fresca en la memoria la imagen de Pirulo.

Los que hemos tenido la suerte de criarnos muy cerca del Retiro pudimos conocer a este hombre, que hace ya 5 años que nos dejó.

 

“En mi época”, allá por los años 80, los que éramos aun niños, no teníamos consolas, ni smartphones,ni ningún tipo de tecnología idiotizante (muy a favor de la tecnología, ojo!). Coleccionábamos cromos con los que los kioskeros y las editoriales nos tenían enganchados unos meses y nuestros sufridos padres nos premiaban con esos sobres llenos de cromos cuando hacíamos algo bien o como parte del ritual de ir a comprar el periódico los domingos de la mano de tu padre (siempre he tenido la suerte de tener un padre con un gran carisma social o lo que viene siendo poca vergüenza y uno de los beneficios de ello repercutía en una gran ventaja competitiva para mi: el kioskero me reservaba los cromos antes de que llegara la masa crítica del barrio a hacerse con ellos).

 

Y es que completar una colección de cromos formaba parte de una actividad social con multitud de rituales:

 

  1. Primero. Hacerse con el álbum. Recuerdo que muchas de las mejores colecciones eran las de Danone y Panini (la Abeja Maya, D´Artcan, Willy Fog… Ese momento en el que te enfrentabas a un álbum virgen, sin un solo cromo, era el inicio de todo un ritual social y de una pesadilla para tus padres. Normalmente, con el álbum te daban un par de sobres de cromos y a partir de ahí a buscarse la vida).
  2. Segundo. Ir haciéndose con un buen taco de cromos “repes” para cambiar que custodiábamos con una goma y con nuestra propia vida si hacía falta. Cuanto más grande era el taco más popular eras. Todo el mundo te buscaba para cambiar.
  3. Tercero. Hacerse un listado en el que tachábamos los que teníamos y los que no (no podíamos sacarle foto con el smartphone ni llevar un Excel en una tablet). Cuartilla de papel de cuadros adjunta al taco de cromos.
  4. Esperar con ansiedad la hora del recreo para empezar el intercambio de cromos en el colegio. Por parejas, comenzaba el rito del “sile – nole” como un mantra, mientras que pasábamos el taco de cromos con una agilidad digna de un croupier. Fueron nuestros primeros pasos en el mundo de la negociación. Dos fáciles de encontrar por uno que no salía nunca en los sobres.
  5. Llegar a casa y pegar nuestros nuevos tesoros intercambiados en el álbum mientras tachábamos en la cuartilla las nuevas adquisiciones. Ese álbum que cuanto más iba pesando más nos gustaba.
  6. Estar a punto de terminar la colección. Pero siempre había una serie de cromos que nunca se conseguían. Entonces, era el momento de ponerle la cabeza a tus padres del revés para que te llevaran el domingo a  Pirulo.

Pirulo tenia sus headquarters en la Calle Saínz de Baranda, casi llegando al Retiro, en una pequeñísima tienda a la que había que bajar entrando en un mundo más cercano a un libro de fantasía que a una tienda. Cromos, tebeos, libros y chucherías. Pirulo era oscuro, pequeño y olía a libros antiguos. O por lo menos,así se ha quedado grabado en mi memoria y era, sobre todo, un lugar de peregrinación obligada para los niños del barrio (aunque creo que la “fama” de Pirulo trascendió las fronteras del Retiro).

 

Un mostrador con infinitas carpetas transparentes llenas de cromos y Pirulo detrás dejando hacer a los niños que, como locos, buscábamos ese cromo que se nos resistía.

 

Pirulo fue siempre mayor (O así también lo recuerdo. Posiblemente no lo fuera, pero sí para la niña que era  entonces). Pelo blanco, unas enormes gafas de pasta, arrugas y ese color de quien pasa mucho tiempo al aire libre. Porque si el headquarter principal estaba en Saínz de Baranda, los domingos, Pirulo se trasladaba a la puerta del Retiro que da a la misma calle y allí montaba sus sucursal donde acudíamos con nuestros abnegados padres a cambiar nuestros cromos (o a comprarle aquellos que eran imposible de conseguir).

 

Una placa recuerda a Pirulo en esta entrada al Retiro y es que, ser un personaje tan querido por todos los vecinos, y desde 1938 estar intercambiando cromos, bien vale ese homenaje. (Cuenta la leyenda que salvó la vida a una niña atropellada por el tranvía que pasaba por Menendez Pelayo, cargándola en su carro hasta el hospital).

 

No ha habido otro Pirulo. Aquí dejo este pequeño homenaje.

Pirulo en el Parque del Retiro en Madrid

 

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