Hoy voy a hablar de un sitio que, egoistamente, te da como cosa compartir. Es de esos lugares que te encantaría conservar solo para tí, pero si existiera un código deontológico de los foodies, seguro que uno de los puntos de las buenas prácticas sería “no guardarás para tí lo que otros deberían también disfrutar“.

 

Tengo que darle las gracias a Adrián, que se esta convirtiendo en un descubridor de sitios para mí (algunos mejor no mentarlos, aunque tengo que reconocer que las experiencias que vivimos en ellos no tienen precio) y que fue quien me llevó a este precioso rinconcito del Barrio de Salamanca (además de estar intentando educarme en el tema vinos, pese a que yo prefiero seguir dejándome llevar por sus recomendaciones).

 

Taberna Verdejo es de esos sitios que enamoran desde fuera. En Espartinas, una pequeña travesía que une Príncipe de Vergara con Goya, justo a mitad de calle, encontramos una puerta de hierro oxidado. Un diminuto recibidor, antesala del local, nos da la bienvenida a un “pequeño universo” gastronómico.

 

En tonos blanco y azul Tiffany, con unas preciosas columnas de hierro que han conservado de la antigua estructura, y una calidez en el ambiente que invita a quedarse, tenemos la posibilidad de sentarnos en alguna de las dos barras que tienen o de sentirnos privilegiados cenando en el salón de cinco mesas. Es pequeño, acogedor y tienes la sensación de estar disfrutando de algo exclusivo por ese trato tan cercano que pueden darte.

 

Los que me seguís habitualmente sabéis bien que si hay algo que me gusta contar de los lugares que descubro es la historia que hay detrás de ellos y Taberna Verdejo la tiene.

 

Marian y Carmen son el alma de este restaurante. Primas, de una estirpe de taberneros, profesional del sector la primera (Marian), una apuesta de cambio de vida la segunda (Carmen).

 

Marian es el conocimiento y la experiencia en hostelería (hablar de su curriculum es tener que nombrar sitios como la Escuela de Hostelería, el Hotel Palace, el Santo Mauro, el Wellington… o de restaurantes como el Olivo, la Terraza del Casino… ¡Ahí es nada, Señores!) Oirle “relatar” los quesos que vas a comer, como describe un postre o como aconseja los vinos, es un regalo para los oídos. Empiezas a disfrutar de la comida antes de probarla. Todo es de primerísima calidad y se nota la experiencia y la pasión por una profesión desde la forma de cocinar hasta la manera de emplatar.

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Carmen, psicóloga de formación (tan necesario en este sector tener sus habilidades) y hasta hace nada de profesión, es la frescura y la cercanía. Te escucha, te recomienda, te pregunta sin agobiar y siempre con una de esas sonrisas sinceras.

 

De la carta, cualquier cosa está deliciosa, pero sería un pecado no probar la tabla de quesos: tanto por éstos,  su calidad y variedad, como por el pan (variado y delicioso).

 

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Es  de obligado cumplimiento dejar un hueco para los postres. Mi favorito la Panchineta; un postre de hojaldre que nace de una receta heredara del abuelo de Marian y que solo puede decirse de él que es espectacular.

 

Tanto Marian como Carmen saben que en los pequeños detalles está la diferencia: una carta escrita a mano con plumilla, una original presentación de la carta de postres, sus uniformes…

 

¡Nos encanta!

 

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