Las chanclas han llegado a mi barrio en forma de turista low cost. De esos de camisetas sin mangas, pantalón corto “achandalado”, mochila o bolsito bandelora colgandero y zapatillas de playa. En los folletos turísticos de Madrid deberíamos explicarles lo malísimo que es caminar por esta ciudad con ese calzado mientras el asfalto se convierte en un inmenso río de lava.

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La “turistización” se ha asentado en uno de los barrios con, no sé si merecida, fama de ser de los más elegantes de Madrid que está perdiendo brillo a pasos agigantados gracias a las hordas de turistas que empiezan a ocupar los pisos de las fincas residenciales de toda la vida.

El barrio de las señoras de cardado y pendientes de perlas, de comercios tradicionales y cafeterías de toda la vida, sucumbe ante cadenas de supermercados en los que los palés de cerveza, sangría de brick y jamón de “a un euro “están diseñados para que el turista viva like a spanish. Algún un avezado encargado de supermercado se habrá percatado de que estos guiris hacen sus compras después de patear la ciudad para, lejos de dejarse los dineros en un restaurante probando la comida aborigen, sentarse a hacerse bocadillos que pasan por el gaznate con vino peleón en su saloncito de su apartamento turístico.

El kit completo del turista low cost: paella plastiquera en algún local guiri friendly y por la noche el sucedáneo de jamón al vacío con el brick de sangría. (Magaluf en la memoria).

Cuando entra alguien desconocido al portal ya no desconfías de él porque pueda ser un ladrón, mal menor en estos tiempos.  Entras en pánico porque piensas que puede ser alguien alojado en un piso turístico. No digamos cuando lo hace con una maleta; se disparan todas las alarmas del terror.

Esta situación ha despertado la ambición de numerosos propietarios que, lejos de descansar en paz sabiendo que tienen un inquilino fiel que paga su alquiler religiosamente, prefieren sacar un pico más alto a cambio de no saber a quién meten en su casa cada fin de semana. Dicho esto, por si aún no se había deducido de mis palabras, me declaro totalmente anti plataformas de alquiler de pisos turísticos. No lo he usado en mi vida y no lo usaré. Antes, porque el servicio no me convencía, ahora por principios.

Y es que señores, ha comenzado la destrucción de la vida de barrio en Madrid. Se hablaba de la gentrificación en la que los modernos invaden barrios de toda la vida, pero ahora, con los portalitos de turno tenemos que hablar de la “turistización” por la que nos vemos invadidos por efímeros vecinos que, en el mejor de los casos, será una familia de nórdicas maneras, en el peor, un grupo de amigos metidos como piojos en costura en un piso de 50m2 de despedida de soltero. La ruleta rusa de la comunidad de vecinos cada fin de semana y fiesta de guardar. Y es que ahora, los vecinos más que nunca, tienen que hacer piña: que me los estoy imaginando como en la película “La Comunidad”. Todos juntos los viernes en la escalera esperando la nueva remesa de guiris de esta guisa:

Los barrios terminarán siendo desiertos sociales.

¿Welcome turistas? Por supuesto, pero no a cualquier precio. Que si en Venecia ya han tenido que poner tornos para regular la entrada a la ciudad, a ver cómo le ponemos puertas al campo en Madrid al suculento pico en forma de billetes que se dejan aquí. Parece que todo el mundo se quiere subir al carro de la gallina de los huevos de oro del turismo.

La vida en low cost es lo que tiene, que se intuye una nueva burbujita que se va inflando hasta que ¡Pum! Y me como mi pisito (métele una reforma después de que hayan pasado por allí los 100.000 hijos de San Luis arrastrando maleta por el parqué y apoyando la mochila en las paredes  o lavando las chanclas en la lavadora) y búscate ahora, en pleno estallido de la siguiente burbuja que se intuye cerca, alguien que te pague un alquiler mes a mes.

El turismo ha expulsado de Venecia a los venecianos. A los madrileños nos va a ir arrinconando en los extrarradios.

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