¿Quien da la vez?

 

Supongo que cuando notas que pierdes la conexión con ese niño que dicen que llevamos dentro se pone algo delante que hace que vuelvas a encontrar el login y el password que reactiva el vínculo con ella.

 

De repente, como si fuera una de esas abuelas que con nostalgia y mirada perdida nos cuentan cómo era la vida en otra época, he echado de menos esos comercios de barrio que eran más que un almacen de comida. Regentados por señores normalmente con sus aprendices y que solían vestir una bata azul y todo lo envolvían en el resbaladizo papel de estraza que a veces fijaban con un cordón blanco al que daban vueltas con la destreza de un trilero. Incluso echaban las cuentas sin calculadoras en el papel en el que te envolvían la compra después de haberlo pesado en una de esas básculas de hierro.

 

¡Y no hace tanto de esto!

 

Al pasar por una tienda de mi infancia he visto como había capitulado ante la invasión oriental. Mi tienda era “Pacorro”. Supongo que cada barrio tendría su propio “Pacorro”. Nunca tuvimos la certeza de que se llamara así. Se llamaría “Ultramarinos Francisco” en todo caso, pero las niñas del colegio lo rebautizamos a nuestro antojo.

 

Pacorro hacia los mejores bocatas, que no bocadillos, del barrio de Salamanca. O eso nos parecía al menos. Ir a Pacorro suponía no comer en el comedor del colegio. Los bocadillos de su tienda nos sabían más a libertad que a queso o a jamón.

 

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Recuerdo como salíamos corriendo hacia allí cuando sonaba el timbre para que Pacorro nos prepara el “take away” del momento, con la santa paciencia de tener la tienda llena de niñas. Si la cosa se daba bien, hasta saliamos con un cuerno o un triángulo de postre. A veces haciendo crowfunding entre unas cuantas, que al final tocabas a unas migajas del cuerno.

 

Era una tienda de ultramarinos oscura, llena de latas, botes y chucherías en la que siempre nos recibían con una sonrisa cuando llegaba el ejército de crías uniformadas dispuestas a arrasar como las termitas.

 

Por fuera, las latas se exhibían en las vitrinas de cristal ordenadas por producto y con un colorido que hacía todo apetecible. ¡Que le vengan a hablar de visual merchandising a un antiguo tendero!. Dentro, se distribuían en las estanterías por género con unas etiquetas amarillas manuscritas con el precio.

 

Y es que las tiendas de ultramarinos (que se llamaban así porque comenzaron vendiendo los productos que llegaban de ultramar) o mantequerías eran, además de un sitio en el que comprar víveres, una forma de relacionarse muy de barrio.

 
Hoy en su lugar hay un señor chino, viendo una telenovela china, que te habla solo cuando te diriges a él y que suele responder con una palabra, sin hilar una frase con sujeto, verbo y predicado.

– ¿Tiene agua con gas?

– Fondo

Ahora todo ha cambiado y donde no hay un chino hay una franquicia en la que un chico uniformado con los colores corporativos te llama por tu nombre (porque lo ha apuntado, no porque lo supiera como “los Pacorros”) te sonríe con un barroco entusiasmo, te desea que pases un buen día y te clava una cantidad obscena por un café aguado o un bocadillo de atrezzo.

 

Ya no están esas señoras y esos señores con una bata azul que dentro del aparente caos encontraban cada cosa que pedías y que te decían que te llevaras, como si fuera un secreto, el queso que había traído del pueblo que merecía la pena probarlo o el chorizo de la matanza que hacía su hermana.

 

Ahora lo más parecido a los ultramarinos de siempre son derivados modernos, recreaciones en el siglo XXI de las mantequerías, colmados y ultramarinos (cada abuela las llamaba de una manera) en las que los productos son delicatessen dentro de un perfecto packaging diseñado por un hipster que le ha dado un toque vintage y que además pone en un destacado: “ecológico, sin gluten, sin lactosa, 0% de matería grasa, con probióticos y apto para veganos”. Vamos que si te tomas dos te debes convertir en súper heroe.

 

Lo que os digo. Que hoy, estoy nostálgica y echo de menos el cuarto y mitad de las señoras que compran en los ultramarinos con el monedero debajo del brazo y el corte de pelo en serie, y esos bocadillos de Pacorro.

 

Bip, bip, bip… es prácticamente toda la “conversación” que se tiene en la tienda mientras pasan los códigos de barras de los productos. Y desde que se pagan las bolsas, por lo menos, te preguntan si quieres una. Conversaciones de supermercado.

 

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