¿YA ES NAVIDAD?

Hace un mes (octubre) que pusimos fecha a la cena de Navidad de amigas del colegio. Yo, que no soy capaz de comprar unos billetes con menos de una semana de antelación y jamás me he preparado la noche antes la ropa que me voy a poner al día siguiente, noto como me bajan las defensas.

 

Llevo más de tres semanas recibiendo e-mails comerciales sugiriéndome que adelante mis compras navideñas. Gracias señores por sus consejos, pero me gusta vivir al límite y echarme a las calles el 5 de enero.

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Salgo a la calle y ya están las luces de Navidad preparadas para atraer al turista navideño en masa.

 

No rompáis un vaso o una jarra porque en 2 meses solo encontrareis repuesto  de cualquier objeto con motivos navideños: nieve, renos, lazos, brillos, luces y purpurinas.

 

El turrón ha ido abriéndose paso poco a poco: modo ninja, sin apenas percibirse.

 

A finales de octubre empezó a camuflarse entre los chocolates. Con el paso de los días se fue haciendo fuerte hasta tomar un lineal y pocos días más tarde desplegó todas sus tropas y las de los aliados (polvorones, mantecados, hojaldres, etc.) hasta ocupar estratégicamente pasillos enteros.

 

Pasas a su lado e intentas anularlos pero tu visión periférica, desarrollada a golpe de copiar en los exámenes en el colegio, hace que como las urracas te dejes seducir por los destellos dorados y plateados de los envoltorios.

 

Se empieza teniendo un día tonto y comprando una barra de turrón de chocolate crujiente, que no da tanta sensación de estar masticando Navidad, y se termina el domingo más perro, dándose un atracón de polvorones.

 

Compramos turrón por encima de nuestras posibilidades. Y luego, en julio, nos sorprendemos cuando al final de la despensa atisbamos varias barras intactas que en un episodio compulsivo caen.

Chronically Vintage
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Pero el premio a la anticipación lo ganan por goleada los de Loterías que llevan con el anuncio del sorteo navideño desde el verano con el “¿y si cae aquí el gordo de Navidad?

 

Te estás tomando un mojito en el chiringuito de la playa, a 40 grados a la sombra, ves la gráfica del anuncio y te empieza a apetecer un pavo relleno. (Siempre está el recurso del rancio helado de turrón para calmar la compulsión navideña).

 

A todo esto le siguen las cenas de navidad que se convierten en una maratón para obstruir las arterias desde un mes antes.

 

Y así intentas cuadrar la cena del colegio, la de tus amigas más íntimas del colegio, la del colegio al que te fuiste a hacer COU, la del grupo de la sierra, la de “los del master”, la de los expatriados que vuelven por esas fechas a España, la de los amigos de siempre, la de los primos, la de tu grupo de Erasmus, la del club de petanca… y multiplicada por dos algunas si tienes pareja.

 

El día 24 de diciembre aborreces la comida, llegas rodando a los sitios y solo quieres chupar un canónigo sentado a la mesa con tu familia metido en un chándal de táctel, que es lo único que te cabe a esas alturas de la Navidad, y con una camiseta del Grinch.

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Has acumulado tanto alcohol en tu hígado que quieres brindar con té tibetano y litros de laxante y has socializado con tantas personas que pides que ese año te toque con tus padres y hermanos y no en casa de la parte contraria para poder comer en silencio.

 

El concepto Navidad se nos ha ido de las manos. Es cada vez más elástico y como sigamos por este camino terminaremos viviendo en un bucle eterno navideño, comiendo polvorones a 40 grados en agosto y dejando el árbol puesto de un año para otro convirtiéndolo en el paraíso de los ácaros.

 

Que se llega a la Navidad desfondado, sin ganas, a punto de ofrecerse voluntario para que le trinchen a uno y no al pavo.

 

Una advertencia antes de cerrar: atentos a ese primer chat de whatsapp con el asunto “cena de Navidad” porque será la señal. Ya no habrá vuelta atrás.

 

Ahora intentad quitaros esta melodía de la cabeza: “Cortylandia, cortylandia…”

 

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